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Artículos
 

Publicado en la revista Alborada núm. 54, año 2010


Otra vez Nairobi

            Regresar a la capital de Kenya, una década después, me causó desencanto. Aquel Nairobi Center de edificios bellos y modernas avenidas había sucumbido presa del abandono y una pátina de mugre pardusca enrasaba el asfalto con las destartaladas aceras, moribundas de luz bajo destrozadas farolas, otrora luminosas y modernas. Otra vez el destino, en forma de compañía aérea barata, había planeado mi regreso al Kilimanjaro por Namanga, la frontera que trece años antes nos cerró el paso bajo insinuaciones de espionaje, obligándonos a un largo y costoso rodeo por el lago Victoria, vía Burundi, a fin de no levantar infundios.   Así y todo, en aquel febrero de 1980 la policía tanzana me detuvo en el aeropuerto del Kilimanjaro, nada más poner los pies en la joven nación, bajo idéntica acusación. ¡Vamos, una nimiedad! que, tras el acojone inicial, pude solucionar de manera económica y, por supuesto ilegal.  __Allí me hubiera gustado a mí ver a los defensores de la Ley, reclamando sus derechos a un negro de dos metros de alto por uno de ancho, con una porra más grande que un bate de beisbol__

 

Nairobi city center

Nairobi city center
            Dicen que, “cuando veas las barbas de tu vecino afeitar, pon las tuyas a remojar” y eso hice yo que, de repente, me vi hablando francés, inglés, valenciano, algo de suajili y hasta un elderico resultón, mientras deslizaba un billete de 10 dólares y unos paquetes de tabaco, al oficial que me detuvo.Al canadiense que iba delante de mí en el interrogatorio, visiblemente alterado y harto de protestar, ya le habían afeitado la cabeza, y su pelo, largo, rubio y bello, alfombraba el suelo de la estancia. Allí fue donde aprendí que los buenos argumentos de los “presidentes americanos” ($), te pueden salvar la cabellera.            

Isabel Martínez, Manuel Ruiz, Asunción Paez, Maruja Perea, Juan M. Maestre y Juan Vicente Valero, miembros de la expedición del 93


Selección tanzana de KIMAKE-80

Juan Manuel Maestre
Director técnico

Isabelo Gómez
Material sanitario

Manuel Juan
Material de escalada

Juan Antonio Serrano
Tesorero

Escudo de la Operación
KIMAKE-80

 

            Aquel año, cuatro de los catorce componentes de la expedición, fuimos elegidos para intentar culminar los objetivos de la Operación KIMAKE-80, tras concluir con éxito la primera parte de la campaña en el Monte Kenya (ver Alborada núm. 53, año 2009). Los intentos de entrar en Tanzania, por tierra y aire, acabaron con la economía y obligaron al sacrificio de una mayoría de los expedicionarios, para seguir optando a las cimas del Kilimanjaro y del Mawenzi; un viaje que fue posible gracias a la camaradería, disciplina deportiva y espíritu de sacrificio a la más pura usanza del alpinismo caballeresco.

            Tras el percance policial nos instalamos en el legendario Hotel Kibo, en la aldea de Moshi, siendo los únicos europeos en toda el área del Kilimanjaro National Park, con intención de subir al mítico volcán, mientras que en el segundo viaje del 93, el overbooking fue total. La masificación turística, fruto del “invento” del trekking, y la popularización de la aventura organizada __cuyo concepto no cabe ser más contradictorio__ hacían imposible nuestra entrada al parque durante los 10 días siguientes, dificultad  que allanaron, otra vez, los socorridos “presidentes americanos”, incluso a menor precio que la tarifa oficial. Así, el libro de ingresos otrora completamente lleno (200 visitantes/día, más porteadores y guías), aparecía con nuestros nombres intercalados y bien anotados en aquel registro del parque.

Mapa de aproximación al Kilimanjaro


La ruta de Marangu

    

            De todas las rutas para ascender a la cima del Kilimanjaro, la Marangu route, es la más clásica. El parque, concede permisos de 5 días entre aproximación, ascensión y regreso, que dan derecho al uso de los tres refugios escalonados a lo largo de un recorrido de unos 80 kilómetros (ida y vuelta) salvando los 4071 metros de desnivel positivo que hay, entre los 1824 m a la entrada del parque y los 5895 m en la cima del Uhuru Peak.

 

            El primero de los refugios, el Mandara hut a 2.750 m (hut significa refugio en suajili) está situado en un claro de la selva. El Horombo hut, a 3720 m se encuentra en el límite de la vegetación arbustiva, y el Kibo hut al otro extremo del desierto del Saddle es, debido a su altitud de 4703 m y su situación mesetaria, el más inhóspito de los tres. Salvo en este último, de piedra y de una sola nave, los dos primeros están construidos enteramente de madera y se componen de un gran edificio estar, cocina y comedor común, rodeado de pequeñas cabañas dormitorio independientes. La línea arquitectónica de todas ellas recuerda a una tienda canadienses de camping, con lo cual el conjunto, visto desde la distancia, asemeja un campamento de tiendas de madera.

 

            El primer día de marcha, nos acompañan los gritos de los monos y el canto de las aves, bajo el calor y la humedad, pero la soledad de antaño contrasta con el tránsito actual de gentes que recorren, en ambos sentidos, los 5 kilómetros de selvático sendero, donde predomina el sonoro ¡Yambo! entre todos los saludos posibles en diversas lenguas, agotadora cortesía diaria, que desmitifica cualquier atisbo de sentimiento de aventura. Cuando llegamos allí desde el Monte Kenya, al estar bien aclimatados, continuamos en la más absoluta de las soledades otros 14 kilómetros hasta alcanzar el Horombo hut.

El Mandara Hut

Maruja Perea en la selva de Marangu


Mawenzi

            El segundo día nos separamos en East Lava Hill, lugar donde se bifurca el sendero al Mawenzi. Serrano y yo tomamos esta dirección, mientras Isabelo y Manuel empezaron a cruzar el Saddle, en dirección al Kibo hut, último de los refugios antes de la cima; desértica y alta meseta de unos 8 kilómetros de recorrido donde la altura se deja sentir, especialmente en las últimas rampas antes de llegar al inhóspito albergue, al pie de los canchales de oscuro detritus volcánico sobre el cual se alcanza el borde del cráter, casi mil metros por encima del lugar.

mapa del area del kilimanjaro

Mapa del area del kilimanjaro

            Nosotros llegamos al Mawenzi hut, un pequeño refugio-vivac de techo de hojalata e infectado de ratas, donde me repuse de un corte de digestión a causa del tremendo esfuerzo bajo el sol y el peso de las mochilas. Esa misma tarde, en un exceso de confianza, partimos hacia la pared dejando en el refugio sacos de dormir y otros enseres que consideramos innecesarios, presuponiendo el regreso al anochecer. Además de cuerdas y clavijas, sólo cogimos un infernillo, algo de comida y una pequeña tienda de pared, de nilón simple. La escalada, de no mucha dificultad técnica, fue muy peligrosa por la inestabilidad de las rocas amontonadas en la ruta.
            Quedamos extasiados con el refulgir de las últimas luces sobre el Kilimanjaro, tornasolando las grandes lenguas de hielo que cerraban nuestro horizonte, en un mágico e inolvidable ocaso. Años más tarde, la excesiva afluencia de turistas cambió aquella atmósfera de respetuoso silencio, por el clic múltiple de cámaras fotográficas y el griterío insensible de gentes que no supieron enmudecer, para solemnizar este regalo de la Naturaleza. Pero entonces, en la pared del Mawenzi, el embobe de los sentidos nos trajo la oscuridad. La exigua luz de las frontales no dio con el buen camino y, aunque el altímetro señalaba que la cima estaba próxima, resultó imposible salvar el último resalte, obligándonos a bajar de la estrecha arista para rodear la cara Norte.
            Cuando en plena noche se desciende, desde una cresta, hacia el abismo insondable, uno se encomienda a la Santa más apropiada del momento; la única que puede mitigar el hormigueo en el estómago, encontrando donde poner un pie antes de que se acabe la cuerda. Afortunadamente “Santa repisa” apareció, aunque alejada de nuestra vertical, obligándonos al balanceo como un péndulo de reloj para llegar a un diminuto rellano.

Macizo del Mawenzi

Macizo del Mawenzi

            Allí pasamos la noche bajo la cumbre, a casi cinco mil metros de altitud, sin sacos de dormir y aguantando el tremendo frío con la sola protección de una fina bolsa de vivac. Acurrucados para recibir el calor del infernillo, la noche se hizo larga en exceso, pero cuando se acabó el gas, todavía empeoró. Entonces, el mejor sistema para soportar los -20º que marcaba el termómetro, fue dardos de bofetadas a cortos intervalos manteniendo las mejillas calientes y patalear con los pies, siempre confiados a la cuerda a la que, por seguridad, permanecimos atados toda la noche. Habíamos logrado la primera ascensión española al South Peak del Mawenzi (pico Sur 4985 m), una estupenda escalada en nuestro historial personal, pero la hubiéramos cambiado sin pensarlo dos veces, por el calor del sol.  


Kilimanjaro

            Afortunadamente la noche acabó. Con las primeras luces descendimos con algún susto (se rompió un anclaje de rappel) por la inestable pared y nos dirigíamos a toda prisa hacia el Kibo hut. Mientras, Isabelo y Manuel más madrugadores, ya habían alcanzado Gillman’s Point, la primera de las cumbres del cráter y recorrido el fantástico Futtwangler glacier, rodeando luego el humeante Reusch Pit, para coronar la cima más alta del Kilimanjaro.

            A medio día nos vimos todos en el refugio, para volver a separarnos. Ellos en dirección al pico más alto del Mawenzi, último objetivo de la expedición, aunque una nevada les hizo regresar y todos pasamos allí la noche.

            A la una de la madrugada, mientras Manuel e Isabelo se quedaron recuperando fuerzas, emprendimos la marcha. Al llegar a Gillman´s Point, bajo un frío de mil demonios, nos detuvimos para ver salir el sol por detrás del Mawenzi, cuya negra silueta de picos recortados sobresalía por encima de un mar de nubes que cubrían toda la sabana, hasta donde alcanzaba la vista, en una fantástica visión. Más adelante, el recorrido por el filo del cráter corona, entre otros, el Leopard Point, cuya leyenda reflejase Hemingway en su famosa novela.

            Pisamos luego la cima más alta del volcán, el Uhuru Peak de 5895 m, donde una gran caja metálica guarda una antorcha y una bandera, con una bella proclama nacional.

Hacia el Horombo. Al fondo las nieves del Kilimanjaro hut

Hacia el Horombo. Al fondo las nieves del Kilimanjaro hut

 

           

caja en la cima del kilimanjaro

Caja en la cima del kilimanjaro

La bandera de Tanganica y la antorcha de la unidad
Fueron izadas aquí por primera vez el 9 de diciembre de 1961.
*
Nosotros, el pueblo de Tanganica, quisiéramos encender una vela
y ponerla en la cima del monte Kilimanjaro para que brille más allá
de nuestras fronteras, llevando esperanza donde había desesperación,
amor donde había odio y dignidad donde antes sólo había humillación.

Maestre y Serrano en la cima del Kilimanjaro

Maestre y Serrano en la cima del Kilimanjaro

Isabelo Gómez en el glaciar Futtwangler dentro del crater del Kilimanjaro

Isabelo Gómez en el glaciar Futtwangler dentro del crater del Kilimanjaro

       El último día, mientras nuestros compañeros, más descansados, suben al Mawenzi para escalar, por la Oherli Gulli Route la cima del Hans Meyers Point de 5149 y máxima altura del macizo, regreso hasta la entrada del parque con los porteadores y los equipos, reuniéndonos por la noche en el Hotel Kibo para celebrar el éxito conseguido.
       Volvimos a Elda treinta y nueve días después de nuestra partida y nos reunimos con todos los compañeros de la expedición. Aquel día sentí, que habíamos abierto el camino a un nuevo estilo para futuras expediciones, como así ocurrió en el seno del Club Alpino Eldense.

Salón de plenos del Ayuntamiento. recepción al regreso

Salón de plenos del Ayuntamiento. recepción al regreso

            Sin embargo, poco después de aquella aventura, el desarrollo del mundo moderno acabó con el tiempo caballeresco, solitario y auténtico. Bien lo pude comprobar en el mismo lugar trece años después, donde centenares de turistas, peligrosamente mal preparados, irrespetuosos con el medio en general y empobrecidos bajo conceptos mercantilistas, habían irrumpido como elefantes en una cacharrería, acabando con aquella aureola romántica que siempre tuvo para mí el Kilimanjaro. A finales del siglo XX se estaba produciendo en el mundo civilizado, el principio del fin de la aventura y, sin embargo ésta sigue siendo posible para quienes todavía sepan buscarla.  


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Por Juan Manuel Maestre Carbonell