Aunque había comenzado a lloviznar, disfrutaba de la excursión caminando junto al viejo amigo, compañero de tantas e iguales jornadas entre aquellos y otros relieves, y como siempre, con el único objetivo de brindarle al monte nuestros pasos, mientras íbamos abriendo las mentes al infinito. El chirimiri mantenía blanquecina la mañana, y el camino carretero transcurrió suave, placentero y decididamente orientado hacia las faldas de la Peña de la Bola, topónimo con el cual conocen los del pueblo de Azorín la cota máxima de “nuestras” Barrancadas, la elevación que cierra por el Oeste el valle de Elda , más allá de Camara.
Caminábamos adelantados del resto del grupo cuando, junto al camino, puesto en jarras y con la escopeta en un ridículo prevengan militar, allí estaba él, cual hombre de Harrison.
–Buenos días –le saludamos, como manda la costumbre montañera. Pero aquel símil de guerrillero, por toda respuesta nos increpó:
–¡Llevad cuidado que estamos cazando!
El infeliz tuvo mala suerte aquel día pues se encontró, no con la horma de su zapato, sino con el par entero ya que, ni a mi amigo Primi ni a mí nos iba a venir a amilanar, ahora que ya pintamos canas y una piel curtida por el viento de mil montañas, ningún mentecato por muy armado que venga. Fue inevitable que se llevase pronta respuesta.
–¡El que tienes que llevar cuidado eres tú! Que el territorio es libre.
–Esto es un coto –replicó el cazador.
–Un coto privado de caza, si señor, pero como no llevamos escopeta, podemos circular libremente por todos los caminos, sendas y veredas que son nuestro derecho.
–Esto es una propiedad privada –insistió el tío.
–Pues te la vallas entera, pero te aseguras de dejar libres todos los pasos que son mi derecho, para mi libre circulación |
Ya estábamos con la ignorante cantinela de siempre. Me volvió a entrar la duda de si a estos camuflados, les venden “la moto” de la superioridad ambiental al comprarse la escopeta, o es que ya entran así a la armería, en busca del rifle-muleta con el que llenar sus vidas, vacías del necesario amor y respeto a los ya escasos seres libres que nos acompañan en esta agotada tierra.
Como era de esperar la conversación acabó airadamente, aunque nosotros no detuvimos el paso y seguimos a lo nuestro, no sin despedirnos plagiando al recordado Fernando Fernán Gómez, con un –¡A la mierda! –tan grande, que resonó por toda la cañada. ¡Imposible razonar con un matador! Menos todavía si porta entre sus manos, la herramienta vergonzosa de su especie.
De haber tenido alguna certeza que las licencias para matar se dan a gente con el indispensable coeficiente intelectual, nos hubiéramos detenido para explicarle al inculto armado, que, en caminos y lugares de uso público, ha de llevarse desmontada la escopeta, según manda la obsoleta Ley que todavía mantiene al colectivo, en pleno siglo XXI, con razonamientos del medievo. Pero estos permisos mate-usted-lo-que-quiera se siguen dando en el” país de las maravillas” con el mismo rigor con el que, algunos galenos, firman los reconocimientos médicos para el carnet de conducir a determinados perfiles psicológicos, cegatos y octogenarios conductores.
Fue inevitable, a partir de ese momento, que el tema de conversación entre nosotros, se mantuviera en torno a la vergüenza nacional de la caza. No cansaré con el pormenorizado debate entablado, aunque puede jurar el lector que argumentos hubo tantos, como las razones esgrimidas por los partidistas defensores de la cinegética, a lo largo de todos los tiempos. Tan conocidos como insostenibles hoy.
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Y desde luego no pretendo aquí el imposible desarrollo de las múltiples cuestiones que abarca el tema. El foro adecuado, en mi opinión, debe ser la cámara legislativa. Pero mientras esto no ocurra, y cazadores y des-administración de justicia sigan imponiéndonos la falsedad, que solo anida en arcaicas y obtusas mentes, seguirá la pantomima judicial, y el derecho al pataleo que aquí ejerzo.
Es público y notorio, que cada vez que un grupo de ciudadanos pretende impedir las salvajes e incontroladas batidas “legales” (legales para quienes no tienen conciencia), la Federación de caza se acoge a la obsoleta Ley, e insta las oportunas querellas criminales, que amenazan cárcel y demandas millonarias para quienes defiendan la vida por encima del insano y repugnante gusto de matar por matar.
Primero, procuran airear las penas que aguardan a quienes se les han opuesto para que sirva de escarmiento a “osados”, y de advertencia a los indecisos pro-vida, pero luego: escopeteros, administraciones y gobierno (estos últimos haciendo como que no intervienen en la justicia), retiran el peligro. ¡Peligro sí!, pero ¡PARA ELLOS!: el de exponer públicamente y con altavoz mediático, esta vergüenza nacional que es la caza. Es entonces cuando, si hace falta y conviene, prescriben las faltas, hay defectos de forma, desestimaciones y una larga retahíla, llamada por el pueblo llano simplemente “reculeos” que permitan retiran cargos, aflojan delitos, rebajar penas y lo que haga falta. Es como si le dieran al botón nacional de “No-me-toques-los-cojones” (en el argot Torrentiano) o el de “Ojo-que-me-quitan-la-poltrona” para seguidamente, pulsar el de: “Que-siga-todo-igual”.
No interesa que el pueblo pudiera llegar a ver en la cárcel a los defensores de la vida, cuya culpa, ateniéndose a sus reglas neandertaloides sería evidente, pues si eso ocurriera, ese mismo pueblo podría levantar su voz para decir BASTA, y se jodería el capricho de matarifes, el negocio recaudatorio, y el juguete de esta bastarda realeza, en su nuevo orden medieval, montado a costa de los de siempre. ¿Se han fijado alguna vez como avanzan en actos oficiales los “nuevos nobles”, rodeados por su cohorte, ya sea de concejales, subsecretarios o ministros? Pues eso. |
Seguirán con su discurso los escopeteros: sin ellos no habría animales, pues son quienes les alimentan. ¡Muy bien! Eso está muy bien, pero se puede seguir alimentando a los animales, si es ese principal argumento. Sólo hay que cambiar las miras telescópicas por teleobjetivos fotográficos, y todos tan contentos.
Es concebible sólo en las mentes enfermas de este país, que se reformen Leyes y se articule una larga serie de restricciones en defensa de la Naturaleza: prohibido acampar en la montaña, ni siquiera vivaquear, encender fuego, salirse de los senderos marcados, coger caracoles, recolectar setas, arrancar plantas, alterar microsistemas geológicos, hidrológicos, herbolarios, escalar en época de reproducción de aves (luego, los desaprensivos las cazan), circular por pistas forestales con vehículos a motor y también sin ellos, tampoco a pie, en períodos de canícula. Hay más: y el último invento de algún “”””técnico medioambiental”””” (no me quite el corrector las muchas comillas, que juro están justificadas): prohibido escalar por peligro de desprendimientos y daños paisajísticos, que es ya, la crème de la crème de la imbecilidad administrativa.
Restricciones todas que acatan o soportan la gran mayoría de ciudadanos. Prohibiciones que pretenden asegurar, hasta la exageración, el cuidado de nuestra Naturaleza. Todo está muy bien, sí, pero luego puedes comprar con unos euros esa tarjetita mate-usted-lo-que quiera, comprarte una escopeta y darle en el culo (yo hubiera dicho “por el culo”) a todo animal viviente, que se supone es el más preciado bien de la propia Naturaleza ya que, por algo el propio hombre lo sitúa en la parte alta de la pirámide terrenal, inmediatamente después del homo sapiens.
… ¿Y quieren tener razón, en pleno siglo XXI, estos escopeteros antediluvianos? Al llegar a esta pregunta, acabamos nuestro debate, y yo no pude evitar otro ¡A la mierda!, pero los cazadores ya no podían escucharme. Estaban hundidos en la barranca, y a juzgar por el humo que escapaba de la chimenea, dado que seguía chispeando, prefirieron el calor del fuego y las buenas viandas, antes que la belleza del arco iris. Entonces lo entendí todo. Me volví, como siempre, a mi confesora y le apunte con el dedo; eso sí, sin ánimo de disparar.
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