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de Fuego | Pies de gata Álbum de fotosTextos de: Juan Manuel Maestre Carbonell |
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"Peña
Telera 40 años después"
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La senda alcanza
el páramo y la montaña aparece plena, matizada de sombras
en la roca y brillos en la nieve que el sol acrecienta. La paleta de color
de un día glorioso está servida; no hay confusión
posible: abajo el suelo pardo, la hierba ocre que el invierno secó
y la nieve blanca, y en lo alto el cielo azul, casi de cobalto, limpio
y nuevo. La esperanza crece, equivocada “la meteo” en beneficio
nuestro, pues es mejor asustar a las masas que lamentar accidentes y ello
concede premios a quienes se arriesgan con pesadas mochilas en inciertos
viajes. |
El mejor trofeo: la soledad. El escenario es ideal para la simbiosis hombre-montaña; aquí no se prodigan los nuevos turistas de naturaleza. “La zanja de cocodrilos”, esa metáfora que emplea mi amigo Octavio López para separar el grano de la paja en el montañismo aleja, al menos durante el invierno y sin piedad, a quienes salen al monte a disfrutar, de aquellos otros que buscan algo más; ese místico anhelo, principio y razón del montañismo como deporte. Tan difícil de entender para quienes hablan sin conocerlo, como inútil de explicar a excursionistas tardíos sin ánimo de superación, cuyos primigenios argumentos, malentienden y tergiversan para cómodos merecimientos. Éstos proliferan hoy; también, en el Valle de Elda. |
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Allí, entre cielo y tierra, se yergue altiva y resplandeciente Peña Telera. Su altitud (2764 mts.), suma ventajas en el tiempo actual pues, al no dar la medida, se salva de otra nueva raza: los coleccionistas de “tresmiles” que, hacinados en los refugios; híbridos de turismo rural, pagan servicios a precios de lujo con beneplácito federativo y escarnio para jóvenes deportistas. ¡Qué lejos quedan hoy aquellos refugios que no costaban igual que un hotel de cuatro estrellas! No es ésta la cumbre más alta de la Sierra de Partacua, que se extiende alienando sus cimas a lo largo de unos diez kilómetros, pues Peña Retona con sus 2781 mts., tiene ese honor que aquí nadie valora bajo las paredes del Telera. |
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El último declive del sendero se lleva pensamientos de absurdas modas de turismo activo que engordan bolsillos y castigan esencias que, por imperecederas, seguirán vivas cuando toda la zona, agotada y muerta, la abandone el capital por baldía y desierta. Me olvido. ¡Ya comienzo a ver sus defensas! El juego empieza. Busco rutas y me embobo entre inalcanzables fisuras que tal vez sean luego chimeneas. Aquí y allá, aristas de escalofrío y entrecortados corredores de fino hielo, son caminos imposibles que la creatividad del alpinista encuentra, apuesta luego por ellos, y finalmente consigue en desigual lucha donde el humano arriesga y lo pone todo, empeñado por lograrla de tan limpia manera. |
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¡Cuánto tiempo sin verla!, aunque mejor
diría sin pretenderla, pues verla la vi siempre, pero sin quererla como hoy la quiero, convencido de que, ¡al fin! podré poseerla. |
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__ ¡Deje usted el devaneo sentimental, padre!, que la cuesta aprieta__ Es cierto. Bajo los paredones la pendiente se empina al acercarse a las aristas del contrafuerte, donde se inicia en amplio cono de nieve el Corredor Diagonal; la ruta elegida que hoy, cuarenta años después me espera. Cuerda y arnés, casco, crampones y piolets y una piedra como un pan aragonés que pasa veloz, rebotando silenciosa. A medio metro estuvo mi suerte, pero la de ella, acabó estrellada pendiente abajo, perdida entre el detrito calcáreo que la nieve casi oculta. Otra cordada ha madrugado más, les veo como hormigas diminutas y sólo están en mitad de los 700 metros de desnivel que nos separan de la cima. La pendiente nos da confianza con 45 grados de inclinación y una anchura que permite trazar en zigzag. Atados entramos en el reino de las sombras; ya no nos verá el sol hasta el final de la rectilínea canal que antes de empinarse se ensancha y arredondea como un coso taurino; sólo que aquí no caen claveles, sino hielos como un puño que el pequeño embudo recoge. El casco es obligado y me alegro de llevarlo cuando el hielo tamborilea sobre él. Uno de buen tamaño me alcanza en el hombro, pero por suerte sólo de refilón y no fue nada. |
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Se estrecha el hielo, endurece
y empina entre aristas de roca para alcanzar los 65º. Reunión.
Se acabó subir en ensamble. El líder de la cordada asume
riesgos que aumentan por un terreno mixto de fino hielo sobre roca. Es
el reino del verglás, delicado y precario, sobre las puntas frontales
del crampón y el afilado piolet, cuyo tecnicismo ha mejorado el
equilibrio sobre la pendiente. Aquí mi viejo Laprade Desmaison,
que se preciaba de ser un adelantado, con su pico de pato y aleación
de wolframio, se ha quedado tan arcaico como su dueño; pero los
dos aún podemos. Un segundo resalte es todavía más
duro. La inclinación aumenta y los 70º se quedan cortos en
los tramos finales que acaban siempre por un delicado terreno mixto. |
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| El corto piolet
hace saltar esquirlas de hielo que tintinean por el corredor como lágrimas
de lámpara ilustre. Siento como aumenta una tensión muscular
olvidada que duele, pero me hace sentir vivo. El vacío a mis pies,
me devuelve a lejanos días de iguales aéreos y estoy feliz.
Mis jóvenes compañeros están tan pendientes de mí
como de los problemas de la ruta y se asombran de que aún conserve
el temple y estilo alpino. Debí decirles que esto es como montar
en bicicleta, que nunca se olvida. |
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Desde el rincón
oscuro en el que nos encontramos, la luz inunda de vida el paisaje de
fantásticas montañas que enmarca el estrecho horizonte de
nuestra canal, esto acrecienta el frío ambiente a nuestro alrededor
y quedarse quieto en los relevos aflora tiritonas incontrolables. Mi extraña
técnica de dejar que el frío entre y salga de mi cuerpo
sigue siendo efectiva. Mis compañeros ríen la ocurrencia,
pero a mí me funciona. ¡Manías de viejo! O será
que me amojamo, pero mi sangre hierve contenta. Ciertamente esta ruta
que abrieran Morandeira y Gutiérrez en 1966 es de todo menos soleada,
pues nunca la alumbra el astro. |
A mí me maravilla la sencillez
con la que ellos superan cada obstáculo de la montaña, y
sobre todo, la solidez con la que equipan los relevos, sin duda reforzados
a causa de mis noventa kilos de presencia, lo cual aumentará el
tiempo de la ascensión. |
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Detrás del Midí y el Balaitus
se acumulan negras nubes de tormenta, y esperamos que puedan retenerlas.
Ya hemos tenido bastante con un deslizamiento de placa que ha atravesado
nuestra cordada, calándonos con el fino y helado polvo de nieve.
En el tercer resalte, un trozo de cuerda abandonada nos ayuda a salir
del paso. Habíamos optado por seguir la línea recta y superado
éste, una estrecha canal nos lleva al cuello rocoso tras el cual
se desemboca en “el mirador”, aéreo pasaje sobre un
mundo de aristas de roca y nieve que parecen toboganes sobre el ibón
de Piedrafita, mil metros más abajo. Casi mejor no mirar, pero
imposible no hacerlo. Inclinado sobre un plano lateral, se atraviesa el
pasaje sobre los abismos de la cara norte para retomar el corredor de
salida donde, todavía, un resalte rocoso nos separa del collado
y del ansiado y bendito sol que nos reconforta tras casi siete horas de
ascensión. Hemos tardado mucho por mi causa, pero el día
se aguanta. |
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| Bajar es tan complicado como subir. Desechada por peligrosa la travesía horizontal por la terraza de Chavirizas (la ruta normal en verano), optamos por descender el corredor de la Z, y desde el collado de Peña Parda, cruzamos con gran cansancio por mi parte, las laderas de la vertiente sur para alcanzar, tres colladas después, el emplazamiento del primer rappel. Otro más nos deposita en la canal para devolvernos al prado, al sendero, a la pista forestal y al Centro Faunístico La Cuniacha, lugar donde habíamos dejado el coche. | ||
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Llegamos de noche, tal y como habíamos salido. Ellos, los jóvenes, tan frescos. Yo no podía estar más hecho polvo, pero estaba, que es lo que realmente importa. Reforcé convicciones sobre el montañismo auténtico del que la juventud, esa gran olvidada de nuestra sociedad, sigue siendo el único valor en alza. Reflexioné sobre los exagerados beneplácitos y premios que el montañismo otorga en pruebas tontas y banales y lo desasistidos que están nuestros jóvenes montañeros; ignorados, olvidadas semana tras semana sus actividades, en beneficio de excursiones menores que creen defender la verdad de este deporte, cuando en realidad no lo comprenden. Un defecto que sólo podrán remediar los dirigentes deportivos, si es que son montañeros, el día que de verdad se apueste por ellos. Mientras eso no ocurra, yo seguiré apuntándome a un bombardeo y allí estaré mientras pueda y ellos quieran, aunque la luna de mi vida ya me esté mirando. “Los viejos alpinos nunca mueren” o lo intentan, por lo menos.
Juan M. Maestre Carbonell |
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