El sol da pleno sobre la dorada
cara Norte, la primavera dijo adiós anteayer y hace calor.
Llegando, dos chicos, guía en mano, buscan el inicio de
una ruta que conozco bien: El cable del Cid, la llaman hoy, reconvertida
en vía ferrata. Van delante y pronto les perdemos de vista.
¡Qué fuerza inconmensurable tiene la juventud!, y
qué distintos nosotros tres, cuyas tímidas canas
florecen, ahogando el interés por la prisa; bueno, tú
menos que nadie, ni prisas, ni transformaciones capilares, nevada
ya la testa que te otorga el aire aristocrático y afable,
del profesor emérito que siempre vi en ti.
En las primeras rampas, reconozco
la emoción contenida que dibuja tu media sonrisa, tal es
tu presencia en mí. En momentos previos como este, solías
decir que se te secaba la gola, usando el elderismo que te acredita
enamorado de tu valle de Elda.
Al pie de la roca, nos ocupa
la ceremonia de equiparnos para la escalada. Tú, observas
extasiado desde el interior de mi mochila y me recuerdas, una
vez más, cuán asombrados están en tu casa,
por estas tardías capacidades tuyas para la escalada, descubiertas
en tu edad madura.
La primera barrera rocosa
es historia, alcanzando la campa intermedia. Tú no dices
nada, aunque noto que sigues ahí, cobijado entre las cosas
sencillas que solíamos llevar, en aquellas tardes de descubrimiento
y gozo. ¡Qué fácil era sentir la Naturaleza
a tu lado, y cuanto amor hacia estas tierras dejaste en mí!...
No sé por qué suspiro hondo, ni porqué los
ojos aún me lloran sin querer, si ya dejó de dolerme
tu ausencia, reconfortado por todo cuanto de ti aprendí.
Un trago de agua, antes de
atacar el segundo tramo de pared, me obliga a mirar al cielo buscando
aplacar la sed. También allí te veo… Bueno,
no sé si te veo, pues no siendo ya materia, ni yo un fanático
religioso, te confieso que sólo me parece sentir tu sonrisa,
ahora franca, abierta y tranquila, ¡La estás haciendo!
–te digo- Pero sé que no he abierto la boca, pues
el compañero nada contesta. No sé si estás,
a un tiempo, hablando conmigo y con él, rememorando tal
vez, aquel ocaso desde esta misma montaña, donde no dejasteis
arbusto sin nombre, ni remedio sin enumerar. Os confieso ahora
que no escuché demasiado, absorto en mis propios pensamientos,
pero disfruté mucho de aquella tarde siguiendo, de cuando
en cuando, vuestra vehemente cátedra en aquel paraninfo
de pinares a media luz.
Dejamos atrás la segunda
y pequeña campa, llamada Plaza Ilicitana, y acometemos
la última sección de la montaña. Ya hemos
decidido llegar hasta arriba evitándote el regusto amargo
de una escalada inacabada. Voy delante y aguardo en el vértice
de la última repisa la llegada del compañero. Este
lugar es un buen sitio donde estar. Desde aquí, a tus pies
quedan por toda la eternidad, estos valles y montañas que
tan bien conoces, una buena atalaya desde la que seguir siendo:
Tú, sabrás de nosotros, tus amigos todos, cada vez
que crucemos el horizonte de estos parajes. Yo te veré
al elevar la mirada hacia este santuario de abismos de piedra
que, desde hoy, acoge una pequeña parte de tu postrera
existencia.
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Aseguro
mi mochila sobre el cable y, de pronto, te veo en el casual
efecto de luces y sombras, proyectados sobre la agreste
roca. Se lo hago ver también al compañero,
¡Somos tres! -le digo-. Isabelo también te
ha visto y sonríe. Es la broma puntual que el astro
rey, y la roca, han conjugado en aquél preciso
momento y lugar.
Huye la noción
del tiempo, al trazar la diagonal de salida a la cumbre.
Pobres terrenales, extraviados en el silencio indescifrable
de mayores alturas, interiorizando recuerdos de momentos
inolvidables, abstraídos de lo banal para poder
elevarnos hasta lo insondable.
Alcanzo lo más
alto para cumplir tu sueño y mi promesa, y veo
tu sonrisa… y noto tu abrazo al coronar la cima...
¡Ya sé
que nadie lo creerá!, pero… ¿Cuándo
nos importó a ti y a mí, que siendo analfabetos
religiosos, tuvimos nuestras propias creencias? ¡Vale!,
está bien, lo reconozco, realmente no sé
si te veo, tal vez sea sólo la emoción del
momento, o el sol, que brilla escandalosamente sobre el
vértice del día, confundiendo mis sentidos.
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Me
descuelgo de nuevo por la pared y nos reunimos los tres
en este balcón donde la roca ofrece intimidad. Saco
la diminuta e improvisada urna con los restos de tus restos,
que esparcidos quedaron al pie del peñón que
hoy lleva tu nombre, allá en Bolón, tu montesico.
Es sólo un poco de ceniza gris, pero eres tú
y estás aquí, ¡donde un día soñaste
estar! Te depositamos con cuidado sobre la aspereza de la
piedra, dejando que penetres entre los poros de su dura
piel.
He
de decirte que bromeamos luego sobre ti, que alcanzamos
de nuevo la cumbre y desde allí nos despedimos con
un hasta siempre, seguros que nuestras entes se cruzarán
en los mil ideales compartidos, en las cimas que juntos
coronamos, en las risas y bromas que nos gastamos, en los
muchos proyectos que hicimos, y también en los que
no pudimos acabar, en los senderos que recorrimos…
y en cada uno de aquellos atardeceres que nos unieron para
siempre.
Mi enhorabuena, amigo,
pues cual Cid Campeador coronaste también la última
escalada. Así lo he visto y así te lo he narrado.
¿Qué importa que suene a cuento, si tú
y yo, sabemos que es verdad?
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