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La última escalada

Rafael Hernández

A Rafael Hernández, ahora que ya calmé mi alma,
y tu pérdida dejó de ser increíble e insoportable.

   
      El sol da pleno sobre la dorada cara Norte, la primavera dijo adiós anteayer y hace calor. Llegando, dos chicos, guía en mano, buscan el inicio de una ruta que conozco bien: El cable del Cid, la llaman hoy, reconvertida en vía ferrata. Van delante y pronto les perdemos de vista. ¡Qué fuerza inconmensurable tiene la juventud!, y qué distintos nosotros tres, cuyas tímidas canas florecen, ahogando el interés por la prisa; bueno, tú menos que nadie, ni prisas, ni transformaciones capilares, nevada ya la testa que te otorga el aire aristocrático y afable, del profesor emérito que siempre vi en ti.
       En las primeras rampas, reconozco la emoción contenida que dibuja tu media sonrisa, tal es tu presencia en mí. En momentos previos como este, solías decir que se te secaba la gola, usando el elderismo que te acredita enamorado de tu valle de Elda.
      Al pie de la roca, nos ocupa la ceremonia de equiparnos para la escalada. Tú, observas extasiado desde el interior de mi mochila y me recuerdas, una vez más, cuán asombrados están en tu casa, por estas tardías capacidades tuyas para la escalada, descubiertas en tu edad madura.
      La primera barrera rocosa es historia, alcanzando la campa intermedia. Tú no dices nada, aunque noto que sigues ahí, cobijado entre las cosas sencillas que solíamos llevar, en aquellas tardes de descubrimiento y gozo. ¡Qué fácil era sentir la Naturaleza a tu lado, y cuanto amor hacia estas tierras dejaste en mí!... No sé por qué suspiro hondo, ni porqué los ojos aún me lloran sin querer, si ya dejó de dolerme tu ausencia, reconfortado por todo cuanto de ti aprendí.
      Un trago de agua, antes de atacar el segundo tramo de pared, me obliga a mirar al cielo buscando aplacar la sed. También allí te veo… Bueno, no sé si te veo, pues no siendo ya materia, ni yo un fanático religioso, te confieso que sólo me parece sentir tu sonrisa, ahora franca, abierta y tranquila, ¡La estás haciendo! –te digo- Pero sé que no he abierto la boca, pues el compañero nada contesta. No sé si estás, a un tiempo, hablando conmigo y con él, rememorando tal vez, aquel ocaso desde esta misma montaña, donde no dejasteis arbusto sin nombre, ni remedio sin enumerar. Os confieso ahora que no escuché demasiado, absorto en mis propios pensamientos, pero disfruté mucho de aquella tarde siguiendo, de cuando en cuando, vuestra vehemente cátedra en aquel paraninfo de pinares a media luz.
      Dejamos atrás la segunda y pequeña campa, llamada Plaza Ilicitana, y acometemos la última sección de la montaña. Ya hemos decidido llegar hasta arriba evitándote el regusto amargo de una escalada inacabada. Voy delante y aguardo en el vértice de la última repisa la llegada del compañero. Este lugar es un buen sitio donde estar. Desde aquí, a tus pies quedan por toda la eternidad, estos valles y montañas que tan bien conoces, una buena atalaya desde la que seguir siendo: Tú, sabrás de nosotros, tus amigos todos, cada vez que crucemos el horizonte de estos parajes. Yo te veré al elevar la mirada hacia este santuario de abismos de piedra que, desde hoy, acoge una pequeña parte de tu postrera existencia.

       Aseguro mi mochila sobre el cable y, de pronto, te veo en el casual efecto de luces y sombras, proyectados sobre la agreste roca. Se lo hago ver también al compañero, ¡Somos tres! -le digo-. Isabelo también te ha visto y sonríe. Es la broma puntual que el astro rey, y la roca, han conjugado en aquél preciso momento y lugar.
      Huye la noción del tiempo, al trazar la diagonal de salida a la cumbre. Pobres terrenales, extraviados en el silencio indescifrable de mayores alturas, interiorizando recuerdos de momentos inolvidables, abstraídos de lo banal para poder elevarnos hasta lo insondable.
      Alcanzo lo más alto para cumplir tu sueño y mi promesa, y veo tu sonrisa… y noto tu abrazo al coronar la cima...
      ¡Ya sé que nadie lo creerá!, pero… ¿Cuándo nos importó a ti y a mí, que siendo analfabetos religiosos, tuvimos nuestras propias creencias? ¡Vale!, está bien, lo reconozco, realmente no sé si te veo, tal vez sea sólo la emoción del momento, o el sol, que brilla escandalosamente sobre el vértice del día, confundiendo mis sentidos.

   

      Me descuelgo de nuevo por la pared y nos reunimos los tres en este balcón donde la roca ofrece intimidad. Saco la diminuta e improvisada urna con los restos de tus restos, que esparcidos quedaron al pie del peñón que hoy lleva tu nombre, allá en Bolón, tu montesico. Es sólo un poco de ceniza gris, pero eres tú y estás aquí, ¡donde un día soñaste estar! Te depositamos con cuidado sobre la aspereza de la piedra, dejando que penetres entre los poros de su dura piel.

      He de decirte que bromeamos luego sobre ti, que alcanzamos de nuevo la cumbre y desde allí nos despedimos con un hasta siempre, seguros que nuestras entes se cruzarán en los mil ideales compartidos, en las cimas que juntos coronamos, en las risas y bromas que nos gastamos, en los muchos proyectos que hicimos, y también en los que no pudimos acabar, en los senderos que recorrimos… y en cada uno de aquellos atardeceres que nos unieron para siempre.
      Mi enhorabuena, amigo, pues cual Cid Campeador coronaste también la última escalada. Así lo he visto y así te lo he narrado. ¿Qué importa que suene a cuento, si tú y yo, sabemos que es verdad?


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Por: Juan Manuel Maestre Carbonell. Artículo publicado en Valle de Elda Nº 2610