5 de Agosto:
Es de madrugada y no logro conciliar el sueño a causa del exceso
de equipaje que llevamos, aunque no iniciamos el viaje hasta después
del medio día. Tren a Madrid y vuelo para sufrir. Ya no dejan
fumar. Escala en Sao Paulo ¡Y tampoco se puede fumar!, creo que
son estas cosas las que hacen que no me decida a dejarlo. Nunca me han
gustado las imposiciones.
6 de Agosto:
Seguimos tirados en el aeropuerto. La escala es larguísima, pero
me compincho con las chicas de la limpieza, que también fuman
y lo hacemos en los aseos (me refiero a fumar). Sobre las seis de la
tarde abandonamos el suelo brasileño rumbo a La Paz. Llegamos
entrada la noche y un taxi nos llevó a un hotel en el barrio
del comercio callejero, donde la vida bulle. Me gusta la gente.

Tremendas calles en cuesta en
los barrios más populares de la Paz
7
de Agosto:
El dolor de cabeza molesta. La farmacéutica nos aconseja “Sorochil”
y funciona. Comenzamos la tarea de buscar guías que conozcan
la región de Quimsa Cruz. Encontramos a uno, pero no puede acompañarnos
en la oficina de Hugo Barrio. Me entrevisto con Alfredo Martínez,
andinista boliviano, (de unos 65 años) que estuvo en Quimsa Cruz
con la expedición japonesa hace muchos años. Puedo leer
todos los recortes de prensa de la época que conserva, pero no
estuvo en la zona concreta que pretendemos explorar. Alfredo se encargará
de buscarnos un porteador y un cocinero, así como comprar todo
lo necesario para la estancia en la montaña. Sólo llevamos
el equipo personal y algo de material.
8 de Agosto:
Decidimos viajar a conocer las ruinas de Tiwanacu y nos vamos en un
pequeño autobús. Todo el día de excursión
hasta la tarde. El ganar un poco de altura nos ha sentado bien, pero
todavía andamos algo cansados. Las calles de esta parte de la
ciudad donde nos alojamos son endiabladamente empinadas y es un buen
entrenamiento, simplemente pasear.

Con los constructores de “Totoras”
en el lago Titicaca
9 de Agosto:
Hoy repetiremos la experiencia de la altura subiendo hasta el lago Titicaca.
Hemos contratado un coche para nosotros solos y disfrutamos de un paseo
en barca por el lago que nos relajó muchísimo. Luego nos
encanto hablar con los constructores de “Guatajuata” que están
haciendo varias “Totoras”, una de ellas es impresionante y
más grande que la que había construido para el español
Quintín Muñoz. De regreso a La Paz, Alfredo me acompaña
al Instituto Cartográfico Militar en busca del plano, pero está
cerrado. Hay que regresar mañana.

10 de Agosto:
Lo primero es conseguir el plano cartográfico y así, nos
plantamos en el complejo militar a las afueras de la ciudad, donde la
seguridad es total. Nos atienden muy bien y sin ningún problema,
en el momento nos hacen una copia con un plotter. Luego cerramos los precios
de los sueldos para el cocinero y el porteador y la lista de comida que
queremos. Día dedicado al estudio de la zona en el que estén
dos picos vírgenes y uno es el objetivo fijado. Repaso toda la
documentación que me dio en Madrid Javier Sánchez y que
contiene las informaciones del Chileno Echevarria. Hago pesquisas para
localizar a un americano que me dicen ha estado allí y finalmente
puedo hablar con él por teléfono, pero no sabe nada sobre
la quebrada que le pregunto. Todo esto me anima más.
11 de Agosto:
El porteador y el Cocinero (Luís Mendoza y Tomás
Laime), ya nos están esperando a las cinco de la mañana
a la puerta del hotel. Un coche nos llevara al Alto a coger el autobús
que cubre la línea El Alto-Viloco. Contrariamente a lo que pensábamos,
el viejo autocar está lleno y el volumen de los bultos que transporta
sobre el techo es considerable. Organizamos que nuestro equipaje quede
a mano, pues nos bajaremos antes de llegar a Viloco.
A pesar de no haber amanecido hay gran trasiego de gente por la calle.
Partimos. Al principio la carretera está asfaltada. Viajamos por
lo alto de la meseta, pero a los cien kilómetros más o menos,
dejamos el asfalto que ya no volveríamos a ver, para continuar
por caminos de tierra hasta “Caxata” antigua ciudad minera,
casi abandonada, donde se efectúa parada obligatoria para comer.
Son las 11,30 y sólo hemos avanzado en cinco horas y media, poco
más de 150 kilómetros.

Fascinante itinerario andino
Después de la comida, que es mejor
no recordar, el camino circula por abismos continuos, bordea lagos y glaciares
y sube hasta los 5.100 metros de altitud, por increíbles cuestas
de tierra, donde todavía queda nieve. “Alucinante”.
“Sin palabras” y de una belleza inolvidable. “Una tarde
para recordar”.
A la bajada del alto collado, en una curva del camino, para el coche,
bajamos bultos y personas y quedamos en medio de la nada sobre los 4.600
metros, a la entrada de la quebrada de Atoroma. Los cuatro nos ocupamos
de trasladar todo nuestro equipo hasta el campamento, que instalamos junto
a una pequeña cascada de frías aguas. A las 6 de la tarde
notamos como baja la temperatura. Caballos salvajes y Llamas, son nuestra
única compañía en aquel alto lugar. Mientras preparaban
la cena, subí con Maruja al valle superior buscando una mejor aclimatación
y disfrutar del increíble espectáculo del atardecer andino.

La vida en pareja cambia los papeles por
encima de los 4.540 metros
12 de Agosto:
La visión de las puntas de los nevados sobresaliendo por encima
de las primeras rampas de la quebrada es espectacular. La noche ha sido
desasosegada. Muy temprano partimos hacia arriba. Nos acompaña
Luís que nos ayuda con el peso a transportar. Llegamos hasta la
lengua Terminal del Glaciar Atoroma, señalizando el camino con
mojones de piedras. El día ha sido excelente y la marcha muy tranquila
gracias a las continuas paradas para realizar triangulaciones, tomar fotografías
y escribir notas y dibujos de toda la quebrada. Alcanzamos los 5.150 metros
y regresamos. No hemos logrado ver nuestro pico. El que hemos decidido
encontrar.
Regresamos al Campamento.

El Yaipuri se levanta impresionante al
Oeste de la quebrada
13 de Agosto:
Salimos a completar nuestra aclimatación, pues el día de
ayer fue malo para todos. No tenemos prisa en salir y volvemos a remontar
la morrena hasta el glaciar, comprobando con sorpresa que a las doce hemos
llegado y estamos bien. Dejamos a Luís esperando al inicio del
glaciar y Maruja y yo superamos todo el Glaciar hasta el Gran Plató
desde donde ¡por fin! Podemos divisar nuestra buscada cumbre. Las
grietas asustan a mi compañera. Es tarde y el trecho hasta la cumbre
me parece peligroso para ella y su corta experiencia. Estamos a 5.450
metros de altitud y a sólo 100 de la cima, pero decidimos regresar.
No sabía como plantearle una ascensión en solitario, cosa
que no me apetecía, pues no concibo así el montañismo,
cuando la discusión se evitó, al pedirme Luís que
le dejase acompañarme. Le gustaba aquello. Quería dejar
la paleta de albañil y dedicarse a esto y tenía unos pies
tan pequeños que el número 35 de las botas de plástico
de Maruja le venía que ni pintado. Por la tarde empezó a
nevar.
En el valle superior de la Quebrada de
Atoroma Chuma
14 de Agosto:
Decidimos tomarnos el día de descanso, mientras aleccionaba a mi
nuevo compañero sobre el maneo de la cuerda, el piolet y los crampones
y algunas cosas que no llegué a tener muy claro si comprendió,
pues a todo me dijo que sí, como si de un acto reflejo se tratase.
Por la tarde ¡sorpresa! Vimos un pastor que venia andando por el
valle, le llamamos y le invitamos a comer. Por el supimos que las minas
de playa las habían cerrado en 1.995 cuando dejaron de ser rentables.
La noche fue la más fría de todas.
15 de Agosto:
Amanece el día decisivo. Recorremos el camino conocido y comenzamos
a remontar el glaciar. Atravesamos cinco grietas y aunque a Luís
le noto algo nervioso por el salvaje ambiente alpino, cada vez que le
pregunto como va, me responde que bien. Le hago que se fije bien al cruzar
las grietas y que lo haga por el mismo sitio por donde yo piso. Poco a
poco le noto más tranquilo. La rampa final hasta el gran “apachita”
(collado) se me hace más dura que la última vez. Llegamos
al punto alcanzado anteriormente y vuelvo a considerar la peligrosidad
de los tramos finales, entre grietas y extraños agujeros que se
aprecian en el hielo. Le digo a Luís que si quiere me espere aquí,
pero me responde “con el compañero Manuel hasta arriba”
y seguimos hasta coronar cogidos por el hombro gritando cada cual el nombre
del otro y la condición que allí nos une, y cada uno en
la lengua del otro. Así el gritaba ¡Compañero Manuel!
Y yo le respondía ¡Jilata Luís! En una loca escena
entre un bancario español y un albañil aymara, que gritaban
al viento andino la grandeza de la amistad montañera.
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