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Textos de: Juan Manuel Maestre Carbonell


Artículos

 

“Montañas urbanizadas”


Día de descanso laboral. Huir de la gran ciudad es el claro objetivo más buscado. Dejar atrás el asfalto, el gris, el urbanizado lugar de rectilíneas formas y ajetreado ambiente es en la sociedad actual, sinónimo de relax. ¿Por qué?...

Sí, insisto, pregunto, ¿por qué? Porque no nos quedamos en los jardines que hemos construido en nuestras ciudades. Tienen árboles, arbustos, flores, hay un entorno verde y vegetal… ¡Coño! Por tener tienen hasta bancos para sentarse con comodidad, y con un poco de suerte hasta un bar cerca donde refrescarte del calor o tomar una caliente infusión si el frío aprieta. Sí ya sé que algunas personas no quieren o no pueden hacer otra cosa, algunas incluso, están carentes de la necesaria movilidad que les aleje del cemento. No es esta una crítica a su actitud ni tampoco pretendo emitir juicio alguno sobre nuestros parques y jardines municipales o privados, que sólo son espacios hechos por la civilización humana, con sus bien delimitados parterres y encauzados senderos buscando imitar a la naturaleza. No lo consiguen, pero mejor eso que nada.

Lo que ya no comparto y tampoco la madre naturaleza, es la fea costumbre que tienen algunos de querer ajardinar el monte.

¿Qué por qué lo sé? Pues hombre no hay más que dejarla tranquila a ella una temporada para ver como se encarga personalmente de acabar con toda ofensa que se le profese. Ejemplos ya van habiendo demasiados y algunos incluso trágicos para el hombre, pero yo me quiero referir en esta ocasión exclusivamente a los senderos de montaña y la manía de algunos de bordearlos y adornarlos con piedras, urbanizándolo.

Hace unos años leí en la Revista alborada un artículo que precisamente ensalzada la labor realizada por unos montañeros en Bateig (ya estamos otra vez confundiendo a los montañeros). Conozco el sendero y desde luego estos buenos hombres se han pegado un trabajo que impresiona, pero que no comparto para nada. Es más si me decido a afearlo es porque ya empiezo a ver imitadores en otras montañas. ¿Pero qué ocurre aquí? ¿Es que vamos a tener que irnos de viaje en un trekking a Alaska para poder ver la naturaleza inalterada?... Volviendo sobre esta cuestión concreta: Otra vez lo mismo. Buena voluntad, pero a mi juicio equivocada. ¿Qué pasaría si todos hacemos lo mismo?

El sendero siendo en sí mismo una agresión paisajística, es a la vez nexo con el ser humano. La senda penetra en la piel de la naturaleza, y dentro de ella si así lo queremos aflora lo mejor del hombre pero también lo peor. No queriendo ser radical, quedémonos en el término medio donde dicen habita la razón. Si del contacto con la naturaleza se beneficia el hombre, justo es que de lo aprendido por éste se pueda beneficiar la naturaleza, otra cosa distinta representaría el fin de una de las especies, o tal vez de las dos. Alteremos en esa relación, lo menos posible.

Entendamos que los senderos nacieron como vehículos de comunicación entre núcleos humanos desde el principio de los tiempos, e imaginemos cómo este homo sapiens en sus largos y obligados recorridos atravesó parajes montañosos y sintió el cansancio, la sed, el frío o el calor y el miedo. Notó la brisa placentera al llegar a la collada bajo la implacable calima y también bendijo al sol que brilló para calentar su aterido cuerpo en las duras jornadas del invierno. Amalgama de sentimientos físicos, pero no los únicos. Perdido en el camino, se obligó a pensar, a recordar y aprendió como en el cuento de pulgarcito a poner unos montoncitos de piedras en las bifurcaciones (hitos) para hallar el buen regreso. Sintió miedo y fue el simple caminar quien le ayudo a superarlo, y en ese espacio a menudo en soledad, tal vez escuchó otras fuerzas que estaban en si mismo y quizá ellas le condujeron hacia su propia evolución.

¡Cuánto pensar! ¿Verdad? No acabaríamos nunca, posiblemente porque jamás conoceremos la verdad, pero… La evolución no ha terminado.

Nosotros seguimos enfrascados en ella, recorriendo los mismos senderos heredados de nuestros antepasados más recientes y descubriendo el mismo secreto y personal mensaje, y es más lógico suponer que mientras eso ocurre, lo mejor será dejar a la naturaleza en general, y en particular a la montaña como nos la hemos encontrado, por que así se viene haciendo desde el principio de la humanidad; recordad, es la ley primera del montañero: ¡Que nada pueda decir que estuvimos allí! ¿O creéis que es mejor que salgamos todos a urbanizar el monte?

Si la respuesta es no, con ella habremos contestado por qué emigramos temporalmente algunos, antes que quedarnos en la ciudad, en un cómodo jardín o parque.

Juan M. Maestre

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