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Esperanza Lejanos tiempos vuelven a mi mente, contemplando la inclinada roca que separa las tierras de El Calafate de la profunda depresión que, entre barrancos, desciende hacia los territorios de L’Eixau por el Clot de les Manyes, hundiéndose hasta el Estret d’Agost, en los confines de Petrer, frontera pétrea de angosto paso hacia tierras alfareras. |
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La Foradá, aparece rodeada por los gigantes de la comarca, el Alt de Guissop, con las afiladas aristas que defienden el Alt de la Xumenera, refulgentes bajo el sol en anaranjados tonos; el Maigmonet y el Puig Maigmó, dominando el horizonte próximo, y en la dirección opuesta, e igualmente cercanas, las Peñas Montesas o Rasos de Catí, se ven sobrepasados por la cara Norte de la Silla de El Cid, que engrandece su cúspide en puntiaguda flecha, amenazando al mismísimo cielo para aumentar su leyenda. Esta cercanía a las montañas circundantes, el estar rodeada de zonas de cultivo y la redondez truncada de la cresta, menoscaban su esbeltez, pese a ser una cima bien definida. Durante el transcurso de una excursión, puntuable para el Concurso de Cumbres, a principio de los años sesenta, llegue al lugar junto a un grupo de excursionistas cumpliendo el calendario establecido. Nunca antes había estado allí y me asustó su sombría cara Norte, imaginando que un horrendo sendero pudiera surcar sus abismos. Suspiré aliviado al pasar de largo bajo sus cóncavas paredes y doblar la proa de la arista, dando paso a un ambiente luminoso, presidido por el mismísimo Mediterráneo, cuyo azul discute con el cielo su derecho a ser línea del horizonte. Mi sorpresa llegó cuando, al alcanzar la base de las rocas que defienden la cresta, el grupo detuvo la marcha y mis compañeros se pusieron a almorzar tranquilamente. Perplejo pregunté: -¿No subimos primero a la cumbre?- La respuesta me confundió todavía más. –Aquí está el talonario. A esta cumbre no se puede subir. |
El forat que atraviesa la roca y da nombre a la montaña |
Reconozco que andaba yo influenciado por “libros de caballerías”, cual moderno Alonso Quijano, en honorables y épicas conquistas al más puro estilo de aquellos caballeros --en este caso del alpinismo-- que fueron Lionel Terray, Walter Bonatti o el mismísimo Gastón Rébuffat, carismático héroe de aquellos sueños de juventud que llenaron todos los domingos que siguieron, pues ofuscado por la respuesta recibida, nunca admití (tampoco hoy) que se pueda hablar de la conquista de una montaña, si no se ha hollado antes su más alta cota. A la derecha |
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Historia
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Destacan como primeros logros en la Norte, la vía “Helios” abierta por la cordada Freire-Sánchez, del Centro Excursionista de Petrer, de gran dificultad, y muy especialmente para mí, la más evidente de todas las rutas que surcan la pared, la vía “Alpino Uno”, fiel reflejo de aquella etapa de la escalada que aúna conceptos de estética y dificultad, al más puro estilo de la escalada clásica.
Robira en el techo de la vía Alpino Uno |
Moneo, durante la apertura de la vía Alpino Uno,
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En las semanas siguientes hicimos turnos en la incómoda tarea de burilar el techo, mientras otras cordadas pugnaban por alcanzar la reunión en mitad de la pared. El equipamiento se sucedió y recuerdo especialmente el día que nos propusimos salvar el abovedado desplome, mediante el empleo de grandes tacos de madera, siguiendo la diáfana fisura que llega hasta la cumbre. No olvidaré nunca la escena del corpulento Rovira luchando denodadamente con el desplome, mientras desde la reunión, aseguraba con doble cuerda su progresión. Él, calzaba unas enormes botas de alta montaña (todavía no conocíamos los pies de gato), del número 44, ¡o más!, que vinieron a toda velocidad hacía mi, al saltarle el taco de madera que había colocado, boca abajo, en la misma salida del techo de la cueva y del que se había colgado sobre los estribos, creyendo sólido el anclaje. Las enormes botas dibujaron un péndulo en el aire, cual botafumeiro catedralicio, hasta propinarme una monumental patada en la cabeza que no me tiró de la pared gracias a los seguros que me sujetaban a ella. A ninguno de los dos nos pasó nada de importancia aunque me llevé la peor parte quedando grogui y dándole gracias al casco que me protegió, mientras aguantaba contra mi pecho (tampoco existían los modernos sistemas mecánicos de asegurar) la cuerda de la que pendía Rovira balanceándose en el aire. Ambos dimos por acabado aquel intento, que habría de ser el último, ya que la semana siguiente quedaría definitivamente abierta la ruta. Desencanto
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Cordada comenzando una vía |
En la escalada deportiva, la superación de la dificultad es el objetivo |
Ésta debería ser la evolución lógica, la que siguen en otros países, diferenciando entre excursionismo y montañismo, preparándose adecuadamente para la transición entre ambos, mientras que, en el nuestro y especialmente en nuestra zona, continúan mezclados estos conceptos creándose malentendidos que sobre el terreno, pueden convertirse en peligrosas situaciones de lamentable final. Yo suelo decir que “Si no se sabe nadar, no se es marino y no se debe ir a la alta montaña”, pero pocos entienden el juego de palabras, que compara los peligros de la montaña con los del mar y siguen empeñados en mezclar, confundiéndolas, ambas maneras de relacionarse con el medio. Para quienes no vean las diferencias existentes entre ser excursionista o montañero, la Cresta de la Foradá, despejará sus dudas. Y que nadie se confunda, pues en todos los macizos importantes de nuestro país existen cumbres que presentan similares dificultades y, si renunciar a ellas en general, es el síntoma más claro de ser excursionista, ignorarlos es el peligro en el que se incurre y del que advierto. Juan Manuel Maestre Carbonell |
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