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Textos de: Juan Manuel Maestre Carbonell


Artículos

La Foradá al atardecer desde la ermita de Catí
La Foradá al atardecer desde la ermita de Catí

LA CRESTA DE LA FORADÁ

Esperanza, historia y desencanto

(Publicado en la revista FESTA 2010 de Petrer)

         Su aérea cumbre de 989 m de altitud, por su dificultad sólo superable mediante la escalada es, en mi opinión, la más montañera de nuestra zona; donde mejor se puede aprender a desenvolverse con seguridad en montañas de mayor envergadura, poniendo a prueba el temple y la valía personal del excursionista que aspire a ser montañero.

         El Concurso de Cumbres era una fórmula del excursionismo de los primeros años, en nuestra región (todavía persistente en algunos clubs), que consistía en coronar una veintena, más o menos, de cimas previamente elegidas por la sociedad organizadora, con cuya total consecución se optaba a un trofeo. Para ello se rellenaba un talón que constaba de dos cuerpos separables: uno para el montañero y otro para entregar al club, y también de una matriz que quedaba unida en el talonario, a modo de registro y podía ser consultado por todos cuantos alcanzaban la cima. Todavía en muchas cumbres podemos verlos.

         Mientras la escalada tradicional es un recurso técnico del montañismo y éste se entiende a su vez como símil del alpinismo que define la actividad desarrollada en las montañas, la escalada deportiva, se ha convertido en una actividad propia, reducida a paredes equipadas donde el riesgo se minimiza, permitiendo la búsqueda de la dificultad extrema como fin último.

Esperanza

           Lejanos tiempos vuelven a mi mente, contemplando la inclinada roca que separa las tierras de El Calafate de la profunda depresión que, entre barrancos, desciende hacia los territorios de L’Eixau por el Clot de les Manyes, hundiéndose hasta el Estret d’Agost, en los confines de Petrer, frontera pétrea de angosto paso hacia tierras alfareras.
           Su visión desde la ermita de Catí me trae fresco el recuerdo de aquellos mis años mozos, cuando llegar hasta ella era cosa de hacer noche en la habitación refugio del lugar pues, aunque no hiciese falta la pernocta, el camino a pie desde la ciudad cargado con cuerdas, clavijas, mosquetones y los pertrechos necesarios para acometer la escalada, aconsejaba hacerlo con descanso y en buena hora.

           La Foradá, aparece rodeada por los gigantes de la comarca, el Alt de Guissop, con las afiladas aristas que defienden el Alt de la Xumenera, refulgentes bajo el sol en  anaranjados tonos; el Maigmonet y el Puig Maigmó, dominando el horizonte próximo, y en la dirección opuesta, e igualmente cercanas, las Peñas Montesas o Rasos de Catí, se ven sobrepasados por la cara Norte de la Silla de El Cid, que engrandece su cúspide en puntiaguda flecha, amenazando al mismísimo cielo para aumentar su leyenda. Esta cercanía a las montañas circundantes, el estar rodeada de zonas de cultivo y la redondez truncada de la cresta, menoscaban su esbeltez, pese a ser una cima bien definida.
           Durante el transcurso de una excursión, puntuable para el Concurso de Cumbres, a principio de los años sesenta, llegue al lugar junto a un grupo de excursionistas cumpliendo el calendario establecido. Nunca antes había estado allí y me asustó su sombría cara Norte, imaginando que un horrendo sendero pudiera surcar sus abismos. Suspiré aliviado al pasar de largo bajo sus cóncavas paredes y doblar la proa de la arista, dando paso a un ambiente luminoso, presidido por el mismísimo Mediterráneo, cuyo azul discute con el cielo su derecho a ser línea del horizonte. Mi sorpresa llegó cuando, al alcanzar la base de las rocas que defienden la cresta, el grupo detuvo la marcha y mis compañeros se pusieron a almorzar tranquilamente. Perplejo pregunté:
-¿No subimos primero a la cumbre?-
La respuesta me confundió todavía más.
Aquí está el talonario. A esta cumbre no se puede subir.

 

El forat que atraviesa la roca y da nombre a la montaña

El forat que atraviesa la roca y da nombre a la montaña

 

            Reconozco que andaba yo influenciado por “libros de caballerías”, cual moderno Alonso Quijano, en honorables y épicas conquistas al más puro estilo de aquellos caballeros --en este caso del alpinismo-- que fueron Lionel Terray, Walter Bonatti o el mismísimo Gastón Rébuffat, carismático héroe de aquellos sueños de juventud que llenaron todos los domingos que siguieron, pues ofuscado por la respuesta recibida, nunca admití (tampoco hoy) que se pueda hablar de la conquista de una montaña, si no se ha hollado antes su más alta cota.
            La cima, que había permanecido prácticamente virgen, pese a la sistemática violación ética de quienes, durante años, certificaron su conquista sin haberla coronado, se convirtió en clara demostración de la incoherencia de un excursionismo que, pretendiendo ser montañero, argumentaba el peligro para colocar el buzón de registro antes del comienzo de las dificultades, renunciando con ello a la cima.
            Meses después de aquello yo había adquirido la técnica y la confianza necesaria con la que lograr aquella ascensión. Poco después creció el grupo de jóvenes, con igual aspiración,  hasta llegar a albergar la esperanza del nacimiento, en nuestro Valle, de un montañismo serio y comprometido.

A la derecha
El autor a finales de los 60,
en el paso clave de la
Cresta- Foradá 70

El autor a finales de los 60, en el paso clave de la Cresta - Foradá-70

Historia


            La cresta había sido conquistada por la cordada Navarro-Helios, dos de los pioneros de la escalada en nuestro Valle, de quienes pude obtener directamente la información necesaria para llevar a cabo mi propia escalada, que debió ser la segunda o tercera a la cumbre de la montaña. Durante un tiempo, las repeticiones fueron siempre del recorrido de la cresta y, sólo esporádicamente, algunas escaladas en la cara Sur, mucho más corta y franca que la oscura y desplomada pared Norte, considerada en aquellos años como inaccesible. Durante toda aquella primera década de los sesenta, no más de una docena de escaladores habíamos alcanzado la cumbre.
            Fue en la década siguiente cuando, la cara Norte de la Foradá, se convirtió en el objetivo idóneo para la realización de itinerarios, que mejor expresasen el cambio de la mentalidad montañera del momento, también en nuestra zona, acomodada en la línea de un excursionismo que, aunque avanzado, todavía mantenía serios prejuicios que encorsetaban la práctica de la escalada, cuyo relanzamiento comenzaba a ser imparable en todo el mundo.
           En ese contexto se abren las primeras rutas en la cara Norte y, aquella pared que unos pocos años antes había sido considerada como imposible, comenzó a recibir el asalto de los jóvenes, pertenecientes a las sociedades montañeras de nuestro Valle, cuyos grupos de escalada se encontraban en pleno desarrollo.

           Destacan como primeros logros en la Norte, la vía “Helios” abierta por la cordada Freire-Sánchez, del Centro Excursionista de Petrer, de gran dificultad, y muy especialmente para mí, la más evidente de todas las rutas que surcan la pared, la vía “Alpino Uno”, fiel reflejo de aquella etapa de la escalada que aúna conceptos de estética y dificultad, al más puro estilo de la escalada clásica.
           Esta ruta sigue siendo hoy una de las pocas que, surcando la totalidad de la pared alcanzan la cima y, tiene además, la romántica particularidad de haber sido llevada a cabo de manera colectiva, motivo por el cual se la considera una ruta del Club Alpino Eldense, ejemplo de un trabajo en equipo, que puso a esta sociedad en el camino de las muchas expediciones intercontinentales que posteriormente llevaría a cabo por todo el mundo.
           En el primer intento, Antonio Riquelme y yo acometíamos la fisura diagonal, mientras José Martínez Rovira comenzaba a burilar, a golpes de martillo, el “Techo de la Alpino uno” de tal manera que, dos cordadas a un tiempo nos esforzamos en superar las dificultades sin lograrlo. Rovira por el tremendo desgaste físico que supuso el tener taladrar a golpes los orificios en la roca para introducir aquellos primitivos tornillos de expansión y nosotros por carecer del material adecuado para progresar por la endiablada fisura.

Robira en el techo de la vía Alpino Uno

 

 

Moneo, durante la apertura de la vía Alpino Uno,
emplenado estribos y grandes tacos de madera

            En las semanas siguientes hicimos turnos en la incómoda tarea de burilar el techo, mientras otras cordadas pugnaban por alcanzar la reunión en mitad de la pared. El equipamiento se sucedió y recuerdo especialmente el día que nos propusimos salvar el abovedado desplome, mediante el empleo de grandes tacos de madera, siguiendo la diáfana fisura que llega hasta la cumbre. No olvidaré nunca la escena del corpulento Rovira luchando denodadamente con el desplome, mientras desde la reunión, aseguraba con doble cuerda su progresión. Él, calzaba unas enormes botas de alta montaña (todavía no conocíamos los pies de gato), del número 44, ¡o más!, que vinieron a toda velocidad hacía mi, al saltarle el taco de madera que había colocado, boca abajo, en la misma salida del techo de la cueva y del que se había colgado sobre los estribos, creyendo sólido el anclaje. Las enormes botas dibujaron un péndulo en el aire, cual botafumeiro catedralicio, hasta propinarme una monumental patada en la cabeza que no me tiró de la pared gracias a los seguros que me sujetaban a ella. A ninguno de los dos nos pasó nada de importancia aunque me llevé la peor parte quedando grogui y dándole gracias al casco que me protegió, mientras aguantaba contra mi pecho (tampoco existían los modernos sistemas mecánicos de asegurar) la cuerda de la que pendía Rovira balanceándose en el aire. Ambos dimos por acabado aquel intento, que habría de ser el último, ya que la semana siguiente quedaría definitivamente abierta la ruta.

Desencanto


            Aquellas paredes, antaño consideradas invencibles, han sucumbido bajo modernos materiales y el tesón de una pléyade de deportistas que han hecho de la escalada deportiva una actividad específica, distinta de aquella otra original. Paradójicamente, la Foradá, dejó de ser aquel terreno de aventura idealizado por los primeros escaladores, convirtiéndose en una zona con más de 150 vías equipadas, cuyas dificultades alcanzan, por el momento, hasta el 8b, siendo atractiva para los muchos jóvenes de todo el mundo que la visitan casi a diario, atraídos por la variedad y dificultad de las rutas.
           Como resultado de la evolución, las vías de escalada deportiva, en general, tienen una altura que viene limitada por las cuerdas de escalada y acaban en los llamados descuelgues, a no más de 20 o 25 metros del suelo por término medio, siendo muy pocas las que culminan en la cima, de tal suerte que ésta sigue estando tan poco frecuentada como lo estuvo antaño. Si entonces éramos pocos los escaladores, ahora que son legión, con el cambio de motivaciones la cumbre ha dejado de tener interés para sus practicantes que prefieren la dificultad a la cima.
           Pero mi desencanto no lo causa el cambio de mentalidad de los escaladores. Lo que me entristece es que todos aquellos que militan en el excursionismo con deseos de convertirse en montañeros, sigan sin ver en la Foradá el magnífico escenario donde adquirir, de la mano de compañeros expertos, la experiencia necesaria para acometer ascensiones en Pirineos, Alpes o cualquier otro macizo de la tierra que atraigan su interés. Os aseguro que el recorrido íntegro de su cresta, aunque corto, es una excelente actividad preparatoria para ello.

Cordada comenzando una vía

Cordada comenzando una vía

En la escalada deportiva, la superación de la dificultad es el objetivo

En la escalada deportiva, la superación de la dificultad es el objetivo

           Ésta debería ser la evolución lógica, la que siguen en otros países, diferenciando entre excursionismo y montañismo, preparándose adecuadamente para la transición entre ambos, mientras que, en el nuestro y especialmente en nuestra zona, continúan mezclados estos conceptos creándose malentendidos que sobre el terreno, pueden convertirse en peligrosas situaciones de lamentable final. Yo suelo decir que “Si no se sabe nadar, no se es marino y no se debe ir a la alta montaña”, pero pocos entienden el juego de palabras, que compara los peligros de la montaña con los del mar y siguen empeñados en mezclar, confundiéndolas, ambas maneras de relacionarse con el medio. Para quienes no vean las diferencias existentes entre ser excursionista o montañero, la Cresta de la Foradá, despejará sus dudas. Y que nadie se confunda, pues en todos los macizos importantes de nuestro país existen cumbres que presentan similares dificultades y, si renunciar a ellas en general, es el síntoma más claro de ser excursionista, ignorarlos es el peligro en el que se incurre y del que advierto.
           ¿Quién sabe? Tal vez hay esperanza y la historia, por venir, acabe con el desencanto, aunque lo más probable sea, que el paso del tiempo acabó con una época que nunca volverá.

Juan Manuel Maestre Carbonell

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