1
La mañana es como otras
muchas a las que está acostumbrado. Hace frío, pero él
apenas lo nota. El ritmo que imprime a su marcha le mantiene caliente
el cuerpo, mientras en el horizonte comienza a despuntar el día
aclarando los azules, mezclándolos con el rojo y anaranjado del
sol que nace y rebota brillante sobre las superficies pétreas
de la montaña. Es el momento más helado. El astro empuja
la noche y su calor seca la humedad del ambiente.
Al llegar a la vieja construcción, el montañero se detiene
y busca refugio bajo el chamizo adosado al principal edificio de la
ermita, cuyas vetustas y descorchadas paredes hace años que dejaron
al descubierto la tosca y noble roca empleada en su construcción.
Ha venido solo y esperará aquí al compañero.
La ermita de La Purísima, más conocida por el nombre del
paraje de Catí donde se ubica, es un privilegiado lugar. Desde
allí puede divisar el mejor y más completo panorama de
todo el valle. Hacia el norte, el pico del Despeñador precipita
la imagen rectilínea de sus verticales paredes hasta el collado
del Portell; paso amable y obligado hacia la hoya de Castalla, separando
la larga barrera rocosa, de su vecina la sierra del Maigmó que
en este mismo collado nace, extendiendo al este la visión de
sus altivas cotas. Se levanta sobre el collado, primero, la Cúspide
Alta, junto al Pou del Carrascalet, configurando ambas el Cerro de la
Perdigonada, que sin embargo todos llaman Planises. Luego el Alto de
Mosén Francés, el Alt de Guisot y el Pedro Payá,
y algo más baja, en la vertiente sur, el rocoso Alto de la Chimenea
y la llamativa forma de rojizo color de la Mojonera. En el cordal cimero
sigue luego el Maigmonet y como lejana y distante, se eleva en piramidal
cúpula el Maigmó; innegable coloso de estas tierras.
Nuestro personaje, acabado su visual barrido, detiene fija la mirada
en la alargada cresta que más cercana, recorta sobre los pinares
la oscura silueta de su abombada cara norte. En el centro, a modo de
gigantesca dentellada, una amplia brecha rompe la cúspide dividiendo
en proporcionadas formas, el pan al que se asemeja. Orientada al Mediterráneo
sin que ninguna otra montaña la detenga, inaccesible y aérea,
allí está su objetivo: La Foradá.
Su altiva cima se eleva hasta los 988 metros y sin embargo más
parece una pequeña cota a causa de la gran altura media del valle,
empequeñecida bajo las cumbres circundantes para recobrar su
altivez a medida que nos aproximamos a ella y recorremos con nuestros
ojos los perfiles de su arista cimera ___ ¡Qué bello lugar!
___ pensó, y sintiendo el frescor de la mañana sobre su
espalda sudorosa volvió al interior de la pequeña choza
y se acurrucó en uno de los rincones del habitáculo, buscando
protección contra el leve viento que el amanecer levanta. Allí
quedó dormido y el sueño se apoderó de él.
2
Aquel día ya había
recorrido el amplio y cómodo camino hasta el collado de la Foradá
y cruzado los yermos y descuidados bancales a cuyo término, el
verde oscuro de los pinares arropaba la rojiza y desplomada pared. La
marcada senda rodeó la muralla pétrea por la izquierda
y al hacerlo el primer brillo del sol cegó sus ojos acostumbrados
a la oscura cara norte. Al fondo, la línea plateada del mar le
dio la bienvenida al lado opuesto de la cresta, donde la imagen fría
y oscura de la piedra, se tornó calida y amable. Torció
la senda en subida y a los pocos metros detuvo el montañero su
marcha. Había llegado a pesar de que la inalcanzable cima le
miraba desde cincuenta metros más arriba de su posición.
No tardó en encontrar el viejo y oxidado recipiente que contenía
en su interior el libro registro de la cumbre; una especie de talonario
donde anotar sus datos montañeros y cuantas apreciaciones diera
lugar para dejar constancia de la ascensión a la cima de la montaña.
Todavía no había terminado de escribir cuando una voz
susurrante llamó su atención:
___ ¡No es justo lo que escribes!
La voz le asustó. Miró a su alrededor y como no vio a
nadie pensó que seguramente habrían sido imaginaciones
suyas, o el producto del viento leve al atravesar ramas y oquedades
rocosas. Pero la voz insistió.
___ ¡No es honrado lo que en ese papel escribes!¬
Sobresaltado por la claridad con la que había percibido el nuevo
susurro, giró sobre sí mismo tratando de descubrir la
procedencia de aquella cálida y ensoñadora voz que, sin
enfado, le recriminaba lo que estaba haciendo. Como a nadie vio y seguro
estaba de haberla escuchado, mirando alrededor preguntó angustiado:
___ ¿Quién eres?
Una parte de la rocosa montaña se iluminó con destellos
de color, sobresaltando al montañero que, atónito por
la fantástica visión, no daba crédito a sus ojos.
Ella estaba allí. La serena belleza de aquella mujer de largos
y rubios cabellos vertía sobre él su inquietante mirada.
___ ¡Dios mío! ¿Quién eres tú? ¡No
puede ser!
___ Yo soy quien tú has venido a ver. Me llaman La Foradá.
___ ¡Pero…! ¡Las montañas no hablan! ¡No
puede ser! ___En un gesto instintivo frotó sus ojos, queriendo
salir del incoherente sueño en el que, seguro estaba inmerso,
pero no despertó y ella seguía allí, y le estaba
hablando de nuevo.
___ ¡Te equivocas montañero, yo lo estoy haciendo contigo!
___ ¡Conmigo! ¿Por qué? ___ Preguntó sin
calmarse.
___ Porque hay en tí nobles aspiraciones que la equivocada codicia,
con su engañoso honor, puede destruir.
___ No te entiendo. Y… por qué dijiste que no era honrado
lo que escribí.
La mujer dejó pasar un breve pero necesario espacio de tiempo
para calmar la ansiedad del montañero. Al poco volvió
a decirle:
___ Porque como otros muchos que también inscribieron sus nombres
en ese registro, tú tampoco has subido a lo más alto de
mí. No has llegado a mi cumbre como afirmas en ese pequeño
papel.
___ ¡Oye, oye! ¡Que yo no subo hasta arriba porque el buzón
de registro está aquí! Además, me parece difícil
y peligroso aventurarme en tus paredes. Podría caerme. Yo soy
montañero, no soy escalador.
Su tono era de justificación. Era evidente que le había
molestado aquella observación, que nunca se le había ocurrido
pensar. Cuando después quiso disculparse su tono de voz y el
titubeo de sus palabras le delataban.
___ De todas formas ___ dijo___ ¿Qué puedo encontrar ahí
arriba que no tenga ya aquí abajo?... ___ él mismo se
contestó___ ¡Nada! Solo darme un batacazo y a eso no estoy
dispuesto.
___ Nada hay más lejos de mi deseo, pero mi gozo, es el gozo
del que se encuentra a sí mismo, buscándose en mí
y tú no puedes encontrar de tí mismo, más que tu
propio nombre, escrito en un papel, que sólo vale mientras dure
ese concurso que tú pretendes ganar y que, como ves, no en buena
lid, con el honor que debe caracterizar al montañero.
El hombre quedó mudo reflexionando las últimas palabras
de aquella aparición, mitad mujer, mitad roca. Al cabo de un
rato, más tranquilo, volvió a dirigirse a ella.
___ ¡Escucha! ___ dijo___ Yo no soy quien organiza este concurso
de cumbres y no sé si está bien o mal esta pequeña
mentira, pero si no fuera por ella, tú estarías aquí
siempre triste y solitaria, y no tendrías ni siquiera el apelativo
de cumbre, que no debes olvidar, fuimos los montañeros quienes
graciosamente te lo otorgamos.
___ ¡Te equivocas montañero! Fuisteis vosotros mismos los
que os disteis una cumbre sin que yo llegase a tener conciencia de tal
hasta que ¡Por fin! Algunos me hicieran sentirlo con su lucha,
su amor y su entrega sin reservas ni dobleces, sin registros, sin notarios
y sin más premio que llegar hasta lo más alto de mi ser.
___ ¿Qué quieres decir? ___le increpó el montañero___
¿Que esto de los buzones de registro es una tontería?
___ No es una tontería siendo una fórmula para acrecentar
el acercamiento más continuo y profundo con el mundo natural,
pues con ello se propicia el conocimiento de uno mismo, pero se convierte
en bajeza y deshonor al huir de los conceptos de honradez y veracidad
que ha de acreditar a quienes practican este noble deporte.
___ Entonces… según tus palabras, ¿tú prefieres
estar aquí sola y condenada al olvido de todos cuantos hasta
aquí venimos, antes que poder gozar de fama y nombre en nuestro
mundillo montañero?
___ Mira. Mis preferencias están donde tú encuentres sin
engaños la propia satisfacción y gozo. No soy yo quien
ha de decidir qué es lo mejor y lo más sensato, sino tú.
Por mi parte, como cualquier otra cumbre y al igual que os ocurre a
los humanos, prefiero amor y pasión, antes que interés.
Yo quiero ser esa cumbre que todos sueñan, motivando el fuerte
deseo de superación y lucha a quienes puedan ver en mi conquista
la victoria de ellos mismos, sin más premio a su valor que la
satisfacción propia, y si acaso, la recompensa de mi mayor comunicación
Montaña-hombre sobre los vientos de mi cúspide.
___ ¡Tu estás como una cabra! ___ El hombre había
recobrado tranquilidad. Había aceptado estar hablándole
a una montaña___ ¿Acaso piensas que alguien con sensata
cabeza va a incluirte en un calendario de cumbres donde participen niños
y personas mayores, obligándoles al peligro de escalar tus paredes?
___ No sería, desde luego, sensato y sí, ciertamente peligroso.
___ ¿Prefieres entonces ser ignorada y olvidada?
___Prefiero, en todo caso, ser amada y conocida por aquellos que busquen
en mí, un más alto escalón en su vida deportiva.
Dicho esto, la vaporosa imagen de mujer se esfumó, difuminándose
su bello rostro, dejando oír por última vez su mágica
voz.
___ Haz lo que en conciencia debas hacer.
Apagada la extraña voz, se rompió también aquel
silencio vacío y casi fantasmal que había reinado y volvieron
al lugar los ruidos y rumores de la vida natural. Nuestro personaje
quedó durante largos minutos pensativo y malhumorado, meditando
sobre la absurda conversación, que había tenido, ¡nada
menos que con una montaña! No llegaba a convencerse de que realmente
fuera cierto. Al rato salió de su abstracción, tomó
sobre sus hombros su mochila y rompiendo distraídamente en pedacitos
muy pequeños el cupón de registro, comenzó a caminar
guardando en un bolsillo del pantalón los restos del destrozado
papel que le daban derecho al premio por la conquista de aquella cima.
3
___ ¡Eh! ¡Despierta, dormilón!
El recién llegado golpea con su pie la bota del dormido montañero
que, acurrucado en su rincón, se había quedado dormido
esperando la llegada del amigo. Sobresaltado y perezoso despertó.
___ ¡Hummm! Me he quedado dormido. ¿Qué hora es?
___ Son más de las ocho de la mañana, dormilón.
¿Para qué querías madrugar más y no esperarme,
si luego te duermes?
___ No. No es eso. Tenía impaciencia por estar aquí, seguro
de no poder dormir en mi casa.
___ Bueno. Basta ya de cháchara y marchemos, que se está
haciendo tarde.
___ ¿Has traído el material? Le pregunta mientras se levantaba.
___ ¡Pues claro hombre! ¿Cómo sino vamos a poder
escalar La Foradá?
___ ¡Andando! ___ Dicho esto carga sobres sus espaldas la mochila
y alcanza a su compañero que ya había comenzado a caminar.

Los dos amigos recorren, en breve tiempo, el trecho
que separa La Foradá de la ermita de Catí. Al acercarse
al gran forat que da nombre a la roca, se cuela por él la luz
del sol que calienta la vertiente del sur orientada al mar. Poco después,
alcanzada la base de las paredes, el amigo experto saca el material
y mientras se ata la cuerda sobre el pecho le pregunta a su amigo.
___ ¿Cómo es que te ha dado ahora por escalar, a tí,
que nunca te ha gustado hacerlo? ¿Y por qué precisamente
te empeñaste en venir aquí?
___ No lo sé muy bien. Creo que se lo debo a una amiga.
___ ¿A una amiga? ¿A quién?
___ ¡Venga empieza! No perdamos más tiempo que ya te la
presentaré.
Con seguridad e increíble sencillez, el más veterano de
los dos va ganándole el terreno a la roca, alejándose
del suelo con la armonía de un bailarín de ballet, mientras
torpemente asegura la cuerda el inexperto amigo. Aunque apenas le ve,
escucha al fin su voz.
___ ¡Ya está! ¡Sube!
El primero ha llegado a la cumbre. Le toca iniciar la escalada a nuestro
personaje y nota un cosquilleo nervioso que recorre su estómago
hasta el momento mismo de comenzar a escalar.
___ ¡Voyyyy!
Todavía no se ha elevado del suelo más de cuatro o cinco
metros cuando una sensación de inseguridad comienza a apoderarse
de todo su cuerpo hasta verse impedido de la agilidad de movimientos
necesaria para continuar. Siente como si llevase en la boca una alpargata
de esparto; tal es su sequedad. Sus manos se aferran a la roca con violencia
y las siente cansadas. Sus pies no se están quietos, imprimiendo
a todo su cuerpo un temblor que aumenta y hace peligrar su equilibrio
sobre la pared. Las presas de la roca le parecen cada vez más
pequeñas y el suelo más lejano.
Al llegar a la cresta, el horrendo abismo de la cara norte le hace echarse
hacia el otro lado en un instinto mecánico de evitar el peligro.
Todos los cantos de roca que encuentra le parecen diminutos. Siente
que el vacío le llama y se aferra con más fuerza. Las
manos se le están agarrotando. Está pensando en abandonar.
Sólo quiere olvidar que esta allí. Salir de allí.
Se convence de no estar hecho para este sufrimiento y ahora sólo
piensa en bajarse de aquella pared, pero sigue hacia arriba.
Literalmente colgado de las manos y bien apoyados los pies, piensa que
debía relajarse o caería por su propia histeria muscular.
Pero quiere terminar. Sabe que no aguantará mucho tiempo en esta
situación de pánico que le asalta por todo su ser.
___ ¡Ánimo! Relájate y sube luego con decisión
___ le gritan desde arriba.
El veterano sabe muy bien por los momentos que está pasando su
amigo. Su inexperiencia no le permite ver con la antelación suficiente
el riesgo y el peligro, y su lógica carencia de técnica
le lleva a descubrir esta amenaza física, cuando ya se encuentra
inevitablemente en ella.
Mientras el neófito intenta ordenar en su mente sus ideas y deseos
que, rápidos y confusos, se agolpan en su cerebro, resopla intentando
volver a una tranquilidad que por más que se esfuerza no encuentra.
Subir, bajar, seguir, abandonar, desistir, luchar, huir, descender o
superarse… Es, el momento crucial que sólo unos instantes
dura y que deciden su propio perder o ganar. Se decide.
___ ¡Recupera que voyyy!
En su cabeza el objetivo es subir y a partir de este momento se mentaliza
que no cabe otra cosa que mirar hacia arriba y seguir escalando. Con
temblor físico, pero fortaleza mental gana el encéfalo
al músculo una partida trascendental que finalmente resuelve
la llegada a la cumbre. Su amigo le está esperando sonriente.

___ ¿Qué? ¿Cómo lo has pasado?
___ ¡Uf ¡Fatal! No creí que pudiera subir.
___ Pero como ves ya estas aquí arriba.
___ ¡Si, ya estoy en paz!
___ ¿En paz con quién? ___ Le pregunta el compañero
extrañado.
___ En paz con ella… conmigo… con todo. ¡Qué
sé yo!
___ Tú estás como una cabra de loco, ¿Lo sabías?
___ ¡Ja,ja.ja.ja!___ La risotada de ambos es larga y sonora, rebotando
entre los pinares.
Los dos rieron largo tiempo sin saber muy bien de qué. A sus
risas espontáneas, se le unió la dulce voz, que sólo
uno de ellos podía oír.
___ ¡Nadie goza más, que el que arriesga lo mejor de sí
mismo!
Volvió a pensar que soñaba el mismo sueño que en
la mañana. Sonrió para sí. Metió la mano
en el bolsillo de su viejo pantalón bávaro y sacó
unos pedacitos de papel. Los miró y los lanzó al viento
arremolinado que pronto se los llevó lejos.
___ ¿Qué haces? Le pregunta extrañado el amigo.
___ ¡Tirar lo que ya no necesitaré nunca más!
Ambos volvieron a reír igual que antes, sin saber por qué,
de la forma más sincera y natural.
FIN