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“El alpinista nunca olvida” A Francisco Civera, 20 años después |
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El día anterior íbamos unidos a la misma cuerda al coronar la Punta John en aérea escalada. El altímetro marcó 4.883 metros y la sensación de grandeza fue tanta como nuestra alegría pero aún, sobre nuestras cabezas, Batian y Nelión, las gemelas cimas que coronan el Monte Kenya nos advirtieron, altivas y desafiantes, que la lucha no había acabado. Los abismos del corredor del Diamante se precipitaban desde la Brecha de las Tempestades, iluminando la tarde con el fulgor de sus nieves eternas, haciendo el momento inolvidable. Su sonrisa y la mía eran tan anchas como la vasta meseta selvática que rodeaba el lugar. La tarde siguiente, una vez superado el paso clave de la Torre Mackinder´s, formábamos dos cordadas distintas pero escalábamos al unísono, uno junto al otro, los tramos finales del Anfiteatro que nos llevó, casi de la mano y exultantes de felicidad, hasta la misma cima del Nelión de 5.188 metros de altitud. ¡Nuestro primer cinco mil!, el objeto de un sueño común. Las nubes cercaron la cima y el sol brilló sobre ellas tornasolando, en mil matices, los jirones del fino vapor que fueron las gotas bautismales del hisopo natural de las alturas, en aquel común sacramento montañero. El abrazo emotivo de aquella tarde, rendidos por el esfuerzo en las paredes del legendario y destrozado volcán, y perdidos en el corazón de África, no lo hemos olvidado ninguno de cuantos allí estuvimos. Hay cosas que un alpinista nunca olvida. |
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En la cumbre del Nelión
1980 |
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A Paco Civera, hoy, una inscripción colocada hace veinte años, por sus mejores amigos y sus familiares, en la cima del Cid que domina nuestro valle, mantiene vivo su recuerdo. ¡Veinte años ya! Casi media vida, y no se han borrado de nuestra mente, ni su silueta de esbelto muchacho, rocoso y fuerte, ni su tozuda determinación, ni su sonrisa educada y tranquila bajo el fino bigotillo “de los Civera de siempre”, como yo solía decirle… La placa que domina la cara Norte del Cid, parece saludar a cuantos escaladores llegan allí, recorriendo la oscura pared, de tal suerte que, es imposible culminarla sin encontrarse de frente con ella.
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A la memoria de
Francisco Civera |
Placa que recuerda
a Francisco Civera en la cumbre del Cid |
Inscripción
en la placa en recuerdo de Civera |
Pero Civera dejó
recuerdos mucho más sólidos que el metal con el que se forjó
la evocación que corona la roca cimera. Tal vez sea la necesidad
imperiosa que tiene el alpinista de recordar por propia supervivencia,
pues recordar es imprescindible para no perderse en los caminos de la
vida, entre sus idas y vueltas, aristas y pendientes. Los recuerdos son
para el montañero, las miguitas de pan de un Pulgarcito que no
quiere perderse. Tal vez no sea la cumbre el deseo del montañero,
si no el sentimiento que su logro despierta, para alimento del recuerdo
imperecedero. …Un día, preparando aquella expedición africana, decidimos cargar con 25 kilos de peso en las mochilas para mejorar nuestra resistencia. Cada cual llenó de piedras su macuto bajo las miradas vigilantes de los implicados en el voluntario sufrimiento. Cada vez que la romana levantaba del suelo la pesada carga de cada cual, los demás comprobábamos entre risas, lo exacto del compromiso. Todos, menos Civera, habíamos recogido piedras y piedras hasta completar los veinticinco; ni uno más, ni uno menos. Él simplemente dijo: ___Ya la he pesado yo. Veinticinco kilos, ciento setenta gramos, es lo que pesa ___ y como era exacto emprendimos la travesía completa de la sierra de Salinas a marchas forzadas, doblados por el peso de la carga que aplastaba endemoniadamente nuestros hombros. |
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1979 Sierra de Salinas.
Preparación para KIMAKE-80 De pie:Miguel Verdú, Juan A. Serrano, Francisco Civera y José Pérez Moneo. Sentados: José Francisco Maestre, Mariano Segura e Isabelo Gómez de Mora. Fotografía de Juan M. Maestre |
Al llegar a la cima de La Capilla, punto
culminante de la sierra, dejamos amontonadas todas las piedras con gran
alivio. Todos menos Civera. Él se había cargado la mochila
con los tomos necesarios de una enciclopedia hasta sumar, más o
menos, los veinticinco kilos acordados. Las bromas fueron varias. Él
mismo puso encima de las piedras dos o tres libros, a modo de guasa y
dijo: ___ ¡Si los dejo aquí, mi padre me mata!, y los trajo
a Elda de vuelta. Su justificación fue: ¡Tengo que estar
doblemente preparado! Y lo estaba.
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