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Cuentos y relatos

Textos de: Juan Manuel Maestre Carbonell
Agra, El viaje intenso

 

Con este relato titulado: "Agra, el viaje intenso": Juan Manuel Maestre Carbonell, ha resultado finalista en la sexta edición de los premios literarios de Constantí (Cataluña), en su edición 2007 . El galardón consiste, aparte del reconocimiento del valor de lo escrito, en la edición de un libro de relatos bajo el título “Historias Verdaderas” de Silva editorial, entre las cuales se publica el mencionado del escritor eldense. Desde amarguillo.com felicitamos al autor.

Portada del libro "Històries verdaderes" que recoge los relatos finalistas en los premios literarios, Constantí

 

Había que mirar bien donde poner los pies. Sobre el duro andén, acurrucados cuerpos de multicolor estampa alfombraban por completo el suelo de la estación. A pesar del salwars y el resto de mi indumentaria hindú, el policía se percató de mis rasgos europeos y de mis dificultades para acceder al interior y vino hacia mi dando varazos a diestro y siniestro, abriendo paso entre la maraña de pies y cabezas que pugnaban por seguir dormidos.
Aquellos bultos, resignados, acostumbrados al maltrato, fueron dejando un estrecho sendero en el piso, que suficiente, me permitió llegar donde estaban mis compañeros de viaje. El servil guardia, cuya sonrisa de sucios dientes, enderezaba el fino bigotillo que adornaba su cara, se quedó esperando una recompensa que no obtuvo.
Le di las gracias, más por cumplido que por ganas, pero maldije la hora en la que se me ocurrió intentar acceder al edificio. Algunos niños habían comenzado a llorar, algunas madres maldijeron y un anciano me miró con desgana, probablemente al advertir, la gran vergüenza que sentí de mi raza. Al otro lado del alto ventanal, Nueva Delhi despertaba al día en el horizonte pardo de sus grandes distancias, y el calor y la débil luz, trajeron hasta allí, los olores y rumores crecientes de una nueva jornada.
El tren llegó con las primeras luces del alba. La gente se apartó nuevamente bajo los arreos de la fina vara, esgrimida sin saña, aunque con demasiada familiaridad. Seguí la comitiva de turistas que circulaban por el pasillo abierto a golpes del bambú y subimos al cómodo tren que habría de llevarnos hasta la ciudad de Agra.
___ ¡Que agobio, por Dios! ___ comentó a su marido en voz alta, la rica señora, gorda, blanca y finamente engalanada, mientras sentaba sus posaderas sobre el mullido asiento del Taj Express.
Detrás de nuestro tren llegó otro que puso en pie a la multitud con gran revuelo. Una marea humana se abalanzó sobre él antes de que se detuviera y nada pudieron hacer, esta vez, las cimbreantes varas que, rasgando el aíre, creaban espacios entre una multitud, tan acostumbrada, que hacía el caso justo para evitar el golpe, sin cejar en su empeño de ser los primeros en subir a los viejos vagones de enrejadas ventanas.
¡Qué rápido comprendí el misterio que la India encierra, !Diez modernos vagones para doscientos acomodados turistas y nobles nativos de ropa de lino blanca, y otros diez de viejas maderas y enrobinados hierros, para tres mil seres de inferior casta. Durante todo el viaje, tuve tanta vergüenza que no escribí en mi diario nada.
Me sorprendió Agra, estructurada en barrios artesanos, donde encontré un libro sobre la ciudad, tan mal escrito en castellano, que lo compré por raro, antes de caer extasiado ante el mármol y la historia del blanco monumento funerario.

 

Panorámica del Valle, Sierra del Caballo, Cid, Chaparrales, Batech

 

El Taj Mahal recorta sus cuatro alminares, en un horizonte que cae sobre el río Yamuna y desaparece muerto de envidia frente al homenaje pétreo a Muntaz Mahal, la más querida esposa del mogol Chajahan. Yo me negué a describir lo que han de ver los propios ojos, para razonar tan marmórea belleza. Me descalcé y recé admirando su gran cúpula y cuando salí, todavía tardé en asumir aquellos delicados trabajos que el tiempo ha olvidado quién dirigió.
Fue un día de lo más turístico, incluida la comida en uno de los típicos comedores hindúes en plena calle, luego semidesnudos hombres nos ofrecieron sus monturas y el rikshaw nos pareció el mejor medio para recorrer aquellas calles donde el asfalto aún no había llegado. Quería comprar un sitar hindú y el mismo porteador se ofreció para llevarnos a una tienda. Mis compañeros también buscaban comprar algún regalo y nos alejamos de encantadores de serpientes, habitantes perennes, en las puertas de hoteles de lujo, donde los más dispares visitantes certifican el miedo ancestral a la cobra, la diosa de los reptiles. La noche fue cayendo sobre la ciudad débilmente iluminada y el ambiente calinoso rebosó de aromas entremezclados, que envolvían el variopinto y cansino tráfico. El hombre del riskshaw, ataviado con su mínimo dothi de grandes cuadros, sudaba copiosamente y su dorso desnudo, esmirriado y probablemente desnutrido, relucía empapado de efluvios, que eran incomprensibles para tan famélico esqueleto. De repente sentí que le estaba dando una tremenda patada a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, allí, repanchigado sobre la banqueta del triciclo, explotando a un igual a cambio de unas pocas rupias. Mi compañero de asiento pensaba igual.
No pudiendo soportar esa idea le mandamos parar, para seguir a pie, pero Rakehs, que así se llamaba, no nos dejó. Noté en su mirada el miedo de ver rebajado el precio del transporte pactado y muy probablemente una sustancial comisión añadida que, a buen seguro, habrá de proporcionarle el comerciante, si finalmente gastábamos nuestras rupias en su tienda.
Sus gestos juntando las palmas de sus manos, fueron tan elocuentes que no precisamos de mayor argumento y accedimos a continuar, aún con remordimiento, por aquellas calles de tierra hasta apearnos delante de una destartalada tienda, donde, queriendo lavar el ultraje a la raza humana, pagamos el triple de lo acordado y nos despedimos antes de entrar en el modesto local.

 

 

El sitar que elegí, decorado con incrustaciones de marfil, era típico del Uttar Pradesh y para mejorar el regalo al amigo, acepté el ofrecimiento que el dueño me hizo, a costa de esperar más de lo previsto, para grabar las iniciales del obsequiado, personalizando con ello el presente.
Habían pasado más de tres horas cuando abandonamos la hospitalidad del comerciante, saturados de te y dulcísimos pastelitos de diferentes formas, aunque idéntico sabor, cuando nos tropezamos con la sonrisa franca de nuestro porteador, quien para sorpresa nuestra, no se había movido de allí esperando que saliéramos para volver a prestarnos sus servicios.
__ ¡De ninguna de las maneras! __ Negamos aireadamente, en apoyo de un castellano que Rakesh no entendía, pero otra vez, sus gestos de ruego y la necesidad que vimos en sus ojos, nos hicieron subir al instrumento de su tortura y la nuestra.
Camino a la estación de ferrocarril ganamos la oscuridad de la noche que fue hundiendo el horizonte luminoso de Agra. El trecho es grande, el terreno en declive y el tiempo tan largo, que me permitieron ir y venir desde lo más profundo de mi corazón, intentando encontrar el justo proceder ante el dilema que me oprimía y agobiaba. ¿Qué es lo correcto…?
Para nuestra educación occidental, resulta humillante la imagen de un ser humano siendo cómodamente portado con la fatiga de otro y sufrí, siendo yo el opulento ofensor, pero nada era tan sencillo allí. Nuestro razonamiento no encajaba en Rakesh. Su percepción de lo cabal era bien distinta de la nuestra. Para él, tal vez, fue un final de día con suerte al haber conseguido unos clientes que habían multiplicado sus ingresos y minimizado su esfuerzo. ¿Era mejor contratar un taxi, porque resulta más presentable a nuestra conciencia…? Cesaron mis cavilaciones cuando llegamos a la estación a tiempo de ver las luces traseras del Taj Express alejándose en la oscura noche. Rakesh nos tranquilizó indicándonos como pudo que pronto saldría otro. Había señalado su muñeca, marcando círculos y dando golpecitos, sobre una esfera inexistente, con tal vehemencia en el gesto, que yo habría jurado que allí estaba el imaginario reloj. Pagamos su tarifa, pero esta vez, la generosidad ya no pretendió lavar conciencias y obedeció a la simple reflexión de haber pagado, más o menos, lo que a un taxi, ayudando, muy posiblemente, a quien más lo necesitaba. El porteador se despidió reverenciando satisfecho y se alejó difuminándose bajo el juego de luces y sombras que las escasas bombillas propiciaban. Como ocurrió en la mañana, otro convoy apareció pronto y aunque, esta vez, no había tanta gente esperando su llegada, el tren me pareció el mismo. Canjeamos billete pero no asiento, pues vino completamente lleno. Gentes, animales y equipajes ocupaban todo el pasillo. Rostros cansinos y ropajes ajados, lo eran en tal magnitud, que seguimos el ejemplo de resignación y permanecimos recostados sobre una de las paredes del vagón sin movernos del escueto espacio donde se apoyaban nuestros pies. La ausencia de tabiques entre compartimentos nos permitió ver como, ajenos al cansancio general, dos soldados Sikhs dormían a pierna suelta sobre unas literas de cuerda trenzada, que en las restantes divisiones acomodaban hasta ocho personas sentadas con los pies colgando sobre sus vecinos del asiento inferior. La Kirpan de uno de los soldados se bamboleaba rozando las cabezas de los viajeros que no hacían ningún caso a la espada que pendía sobre ellos. El hedor, acrecentado por el calor, denunciaba el amontonamiento humano en tan escueto espacio. Poco a poco la cansera y el movimiento acompasado, propiciaron que fuéramos cayendo, primero en cuclillas y luego francamente sentados sobre el sucio suelo. Las paradas del convoy eran continuas y en ellas, vimos rápidas y furtivas sombras que saltaban del estribo a las estrechas escalerillas que conducían hasta el techo de los vagones, amparados por la noche y la ausencia de luz eléctrica, que sólo alcanzaba a iluminar la alejada estación. Fue en una de las paradas cuando, al cesar el ruido producido por el traqueteo, escuché un débil gemido parecido al maullido de un pequeño gato y miré indagando la procedencia del lastimero sonido.
__ ¡Mira Alfonso! __ le susurré a mi compañero.
Junto a nosotros los bellos y negros ojos de una joven, casi una niña, salieron del embozo de telas que cubrían por completo su rostro, para atender mejor a la criatura que entre los pliegues de su túnica se acurrucaba, igualmente oculta, en su regazo. Sonrió amablemente, queriendo pedir perdón, por el llanto del bebé que despertó en sus brazos. Igual gesto cruzó con nosotros, el chico de incipiente bigotillo que protegía con un manto sus más preciados tesoros. Nunca había visto un bebé tan diminuto. Apenas palmo y medio. Más pequeño que un pequeño muñeco, que sin fuerzas, lloraba con desconsuelo.
Tomó la madre la punta de un pañuelo y descubriendo su diminuto seno, lo impregnó de la blanca acuosidad, que manó forzada del pequeño y juvenil pezón, y acercó luego la tela a los minúsculos labios del prematuro.
__ No tiene más de un día __ notó Alfonso, cuya profesión era la de pediatra.
De repente caí en la cuenta y después de que aquella jovencita terminase de alimentar a su niño le señalé a mi amigo diciendo:
__ ¡Doctor! ¡Baby doctor! __ Mi inglés era tan malo como el de aquellos chicos, pero me entendieron pues ella descubrió nuevamente al fruto de sus entrañas y extendió sus brazos poniéndolo a nuestro alcance. Yo me abstuve de tocar tan frágil ser, y fue Alfonso quien puso sus dedos en varios puntos del delicado cuerpecito. Les preguntó luego a los padres, con mejor inglés y ayudado de gestos, si le llevaban a un hospital en Delhi, cosa que él daba por supuesta, pero no. Iban a casa de la madre de ella para que les ayudase tras el feliz acontecimiento.
Alfonso les sonrió y se dirigió a mí:
___ Dame las rupias que puedas ___ No tuve que preguntarle para qué y él hacía lo propio. No sé cuanto reunimos, pero no era mucho después de un día de compras. Tendió la mano hacia la chica y metió entre los pliegues de su regazo el dinero. Ambos habían visto nuestras torpes maniobras en tan incómodas posiciones, pero sus caras no dejaron por ello de asombrarse. Le dijo que era un presente nuestro para que llevasen a su bebé a un médico. Sabíamos que muy posiblemente la cantidad no alcanzase para mucho, pero sobre todo Alfonso confiaba en el juramento hipocrático del homólogo que les atendiese. Todos sonreímos satisfechos: nosotros, los chicos, y el resto de viajeros que habían observado la escena.
___ Si no lo incuban pronto, el bebé no sobrevivirá ___ Alfonso miraba resignado al techo del vagón y ya no sonreía. También a mi se me borró la alegría de la cara pero disimulé delante de tanta dulzura y brillo, en los ojos de aquellos muchachos que me observaban.
Aprovechando una de las muchas paradas, decidimos cambiar de sitio y encaramarnos sobre el techo del tren. Como ya sabíamos, no estábamos solos. Docenas de siluetas humanas se recortaban débilmente en la noche, sentadas tranquilamente sobre la curvada techumbre de los vagones. Alfonso y yo aguantábamos el tipo como pudimos agarrados a una pequeña tronera de ventilación, en medio de la velocidad y el bamboleo.
___ ¡Esto es alucinanteeeeee! ___ grité volviendo la cara para evitar el viento y poder hablar. Los puentes venían hacia nosotros a velocidad endiablada y era imposible calcular si pasaríamos o no, y aunque confiábamos que nuestros compañeros en el techo debían conocer el recorrido, cada vez que veíamos un puente o un túnel nos echábamos boca abajo, sin soltarnos de la tronera y con los ojos cerrados, para luego volver a sentarnos y recuperar la estabilidad.
El viaje resultaba lento por las continuas paradas en todas las estaciones. Hacía muchas horas que no dormíamos pero era imposible relajarse ni un momento. El tren aminoró la marcha y vimos saltar a la gente que, como nosotros, ocupaban aquel techo. La altura considerable que había hasta el suelo, y el convoy todavía en marcha, convertía el salto en una temeridad, más si cabe, por la oscuridad reinante. Los que prefirieron descender primero el corto tramo de escaleras y saltar desde los pescantes, se habían acercado tanto al andén que allí eran recibidos y perseguidos a varetazos por los numerosos militares que aguardaban a los intrépidos viajeros.
Ni Alfonso ni yo nos movimos un milímetro, a pesar de los gritos del soldado que blandía airadamente el bambú con fiero gesto. Un chico hindú, que trató de explicarle que a pesar de nuestra ropa éramos europeos y teníamos billete, se llevó un varazo en las manos al protegerse el rostro. Mi amigo me invitó a bajar.
___ Hasta que el tío ese no se calme, yo de aquí no bajo ___ y los dos nos quedamos hasta que, más tranquilo y viendo los billetes que desde lo alto le habíamos tirado, se arregló los correajes del uniforme y rindió la delgada vara, que yo no dejé de vigilar, mientras descendíamos para recibir una reprimenda que no entendí, ni apenas escuché, pues el tren nuevamente partió, y como por suerte íbamos en él, sólo pude ver, en jarras sobre el andén, al malhumorado hombre, mientras bajaba nuestro ritmo cardíaco y se vaciaban por completo de adrenalina nuestras sufridas glándulas suprarrenales.
Ya no entramos al vagón. No había manera humana de hacerlo y el viaje lo acabamos sentados sobre el estribo, fuertemente agarrados, temiendo que alguien cerrase la puerta, tirándonos al terraplén de la vía. Aquello fue un calvario de duermevelas y sobresaltos hasta que finalmente la maquina paró y pude leer en un cartel nuestra estación de destino.
La multitud que aguardaba se abalanzó sobre nosotros. Los guardias repartían golpes de caña por doquier y penosamente pudimos salir de la estación con las primeras luces del alba.
Nueva Delhi, despertaba en el horizonte pardo de sus grandes distancias, y el calor y la débil luz, volvieron a traer los olores y los ruidos de una nueva jornada, pero ya no los percibí, pues recostado en el taxi, camino hacia nuestro hotel, simplemente me dormí para soñar que viajaba, convencido de que viajar era el sueño que deseaba.

Juan Manuel Maestre Carbonell


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