
Había que mirar bien donde poner los pies.
Sobre el duro andén, acurrucados cuerpos de multicolor estampa
alfombraban por completo el suelo de la estación. A pesar del
salwars y el resto de mi indumentaria hindú, el policía
se percató de mis rasgos europeos y de mis dificultades para
acceder al interior y vino hacia mi dando varazos a diestro y siniestro,
abriendo paso entre la maraña de pies y cabezas que pugnaban
por seguir dormidos.
Aquellos bultos, resignados, acostumbrados al maltrato, fueron dejando
un estrecho sendero en el piso, que suficiente, me permitió llegar
donde estaban mis compañeros de viaje. El servil guardia, cuya
sonrisa de sucios dientes, enderezaba el fino bigotillo que adornaba
su cara, se quedó esperando una recompensa que no obtuvo.
Le di las gracias, más por cumplido que por ganas, pero maldije
la hora en la que se me ocurrió intentar acceder al edificio.
Algunos niños habían comenzado a llorar, algunas madres
maldijeron y un anciano me miró con desgana, probablemente al
advertir, la gran vergüenza que sentí de mi raza. Al otro
lado del alto ventanal, Nueva Delhi despertaba al día en el horizonte
pardo de sus grandes distancias, y el calor y la débil luz, trajeron
hasta allí, los olores y rumores crecientes de una nueva jornada.
El tren llegó con las primeras luces del alba. La gente se apartó
nuevamente bajo los arreos de la fina vara, esgrimida sin saña,
aunque con demasiada familiaridad. Seguí la comitiva de turistas
que circulaban por el pasillo abierto a golpes del bambú y subimos
al cómodo tren que habría de llevarnos hasta la ciudad
de Agra.
___ ¡Que agobio, por Dios! ___ comentó a su marido en voz
alta, la rica señora, gorda, blanca y finamente engalanada, mientras
sentaba sus posaderas sobre el mullido asiento del Taj Express.
Detrás de nuestro tren llegó otro que puso en pie a la
multitud con gran revuelo. Una marea humana se abalanzó sobre
él antes de que se detuviera y nada pudieron hacer, esta vez,
las cimbreantes varas que, rasgando el aíre, creaban espacios
entre una multitud, tan acostumbrada, que hacía el caso justo
para evitar el golpe, sin cejar en su empeño de ser los primeros
en subir a los viejos vagones de enrejadas ventanas.
¡Qué rápido comprendí el misterio que la
India encierra, !Diez modernos vagones para doscientos acomodados turistas
y nobles nativos de ropa de lino blanca, y otros diez de viejas maderas
y enrobinados hierros, para tres mil seres de inferior casta. Durante
todo el viaje, tuve tanta vergüenza que no escribí en mi
diario nada.
Me sorprendió Agra, estructurada en barrios artesanos, donde
encontré un libro sobre la ciudad, tan mal escrito en castellano,
que lo compré por raro, antes de caer extasiado ante el mármol
y la historia del blanco monumento funerario.

El Taj Mahal recorta sus cuatro
alminares, en un horizonte que cae sobre el río Yamuna y desaparece
muerto de envidia frente al homenaje pétreo a Muntaz Mahal, la
más querida esposa del mogol Chajahan. Yo me negué a describir
lo que han de ver los propios ojos, para razonar tan marmórea
belleza. Me descalcé y recé admirando su gran cúpula
y cuando salí, todavía tardé en asumir aquellos
delicados trabajos que el tiempo ha olvidado quién dirigió.
Fue un día de lo más turístico, incluida la comida
en uno de los típicos comedores hindúes en plena calle,
luego semidesnudos hombres nos ofrecieron sus monturas y el rikshaw
nos pareció el mejor medio para recorrer aquellas calles donde
el asfalto aún no había llegado. Quería comprar
un sitar hindú y el mismo porteador se ofreció para llevarnos
a una tienda. Mis compañeros también buscaban comprar
algún regalo y nos alejamos de encantadores de serpientes, habitantes
perennes, en las puertas de hoteles de lujo, donde los más dispares
visitantes certifican el miedo ancestral a la cobra, la diosa de los
reptiles. La noche fue cayendo sobre la ciudad débilmente iluminada
y el ambiente calinoso rebosó de aromas entremezclados, que envolvían
el variopinto y cansino tráfico. El hombre del riskshaw, ataviado
con su mínimo dothi de grandes cuadros, sudaba copiosamente y
su dorso desnudo, esmirriado y probablemente desnutrido, relucía
empapado de efluvios, que eran incomprensibles para tan famélico
esqueleto. De repente sentí que le estaba dando una tremenda
patada a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, allí,
repanchigado sobre la banqueta del triciclo, explotando a un igual a
cambio de unas pocas rupias. Mi compañero de asiento pensaba
igual.
No pudiendo soportar esa idea le mandamos parar, para seguir a pie,
pero Rakehs, que así se llamaba, no nos dejó. Noté
en su mirada el miedo de ver rebajado el precio del transporte pactado
y muy probablemente una sustancial comisión añadida que,
a buen seguro, habrá de proporcionarle el comerciante, si finalmente
gastábamos nuestras rupias en su tienda.
Sus gestos juntando las palmas de sus manos, fueron tan elocuentes que
no precisamos de mayor argumento y accedimos a continuar, aún
con remordimiento, por aquellas calles de tierra hasta apearnos delante
de una destartalada tienda, donde, queriendo lavar el ultraje a la raza
humana, pagamos el triple de lo acordado y nos despedimos antes de entrar
en el modesto local.

El sitar que elegí, decorado
con incrustaciones de marfil, era típico del Uttar Pradesh y
para mejorar el regalo al amigo, acepté el ofrecimiento que el
dueño me hizo, a costa de esperar más de lo previsto,
para grabar las iniciales del obsequiado, personalizando con ello el
presente.
Habían pasado más de tres horas cuando abandonamos la
hospitalidad del comerciante, saturados de te y dulcísimos pastelitos
de diferentes formas, aunque idéntico sabor, cuando nos tropezamos
con la sonrisa franca de nuestro porteador, quien para sorpresa nuestra,
no se había movido de allí esperando que saliéramos
para volver a prestarnos sus servicios.
__ ¡De ninguna de las maneras! __ Negamos aireadamente, en apoyo
de un castellano que Rakesh no entendía, pero otra vez, sus gestos
de ruego y la necesidad que vimos en sus ojos, nos hicieron subir al
instrumento de su tortura y la nuestra.
Camino a la estación de ferrocarril ganamos la oscuridad de la
noche que fue hundiendo el horizonte luminoso de Agra. El trecho es
grande, el terreno en declive y el tiempo tan largo, que me permitieron
ir y venir desde lo más profundo de mi corazón, intentando
encontrar el justo proceder ante el dilema que me oprimía y agobiaba.
¿Qué es lo correcto…?
Para nuestra educación occidental, resulta humillante la imagen
de un ser humano siendo cómodamente portado con la fatiga de
otro y sufrí, siendo yo el opulento ofensor, pero nada era tan
sencillo allí. Nuestro razonamiento no encajaba en Rakesh. Su
percepción de lo cabal era bien distinta de la nuestra. Para
él, tal vez, fue un final de día con suerte al haber conseguido
unos clientes que habían multiplicado sus ingresos y minimizado
su esfuerzo. ¿Era mejor contratar un taxi, porque resulta más
presentable a nuestra conciencia…? Cesaron mis cavilaciones cuando
llegamos a la estación a tiempo de ver las luces traseras del
Taj Express alejándose en la oscura noche. Rakesh nos tranquilizó
indicándonos como pudo que pronto saldría otro. Había
señalado su muñeca, marcando círculos y dando golpecitos,
sobre una esfera inexistente, con tal vehemencia en el gesto, que yo
habría jurado que allí estaba el imaginario reloj. Pagamos
su tarifa, pero esta vez, la generosidad ya no pretendió lavar
conciencias y obedeció a la simple reflexión de haber
pagado, más o menos, lo que a un taxi, ayudando, muy posiblemente,
a quien más lo necesitaba. El porteador se despidió reverenciando
satisfecho y se alejó difuminándose bajo el juego de luces
y sombras que las escasas bombillas propiciaban. Como ocurrió
en la mañana, otro convoy apareció pronto y aunque, esta
vez, no había tanta gente esperando su llegada, el tren me pareció
el mismo. Canjeamos billete pero no asiento, pues vino completamente
lleno. Gentes, animales y equipajes ocupaban todo el pasillo. Rostros
cansinos y ropajes ajados, lo eran en tal magnitud, que seguimos el
ejemplo de resignación y permanecimos recostados sobre una de
las paredes del vagón sin movernos del escueto espacio donde
se apoyaban nuestros pies. La ausencia de tabiques entre compartimentos
nos permitió ver como, ajenos al cansancio general, dos soldados
Sikhs dormían a pierna suelta sobre unas literas de cuerda trenzada,
que en las restantes divisiones acomodaban hasta ocho personas sentadas
con los pies colgando sobre sus vecinos del asiento inferior. La Kirpan
de uno de los soldados se bamboleaba rozando las cabezas de los viajeros
que no hacían ningún caso a la espada que pendía
sobre ellos. El hedor, acrecentado por el calor, denunciaba el amontonamiento
humano en tan escueto espacio. Poco a poco la cansera y el movimiento
acompasado, propiciaron que fuéramos cayendo, primero en cuclillas
y luego francamente sentados sobre el sucio suelo. Las paradas del convoy
eran continuas y en ellas, vimos rápidas y furtivas sombras que
saltaban del estribo a las estrechas escalerillas que conducían
hasta el techo de los vagones, amparados por la noche y la ausencia
de luz eléctrica, que sólo alcanzaba a iluminar la alejada
estación. Fue en una de las paradas cuando, al cesar el ruido
producido por el traqueteo, escuché un débil gemido parecido
al maullido de un pequeño gato y miré indagando la procedencia
del lastimero sonido.
__ ¡Mira Alfonso! __ le susurré a mi compañero.
Junto a nosotros los bellos y negros ojos de una joven, casi una niña,
salieron del embozo de telas que cubrían por completo su rostro,
para atender mejor a la criatura que entre los pliegues de su túnica
se acurrucaba, igualmente oculta, en su regazo. Sonrió amablemente,
queriendo pedir perdón, por el llanto del bebé que despertó
en sus brazos. Igual gesto cruzó con nosotros, el chico de incipiente
bigotillo que protegía con un manto sus más preciados
tesoros. Nunca había visto un bebé tan diminuto. Apenas
palmo y medio. Más pequeño que un pequeño muñeco,
que sin fuerzas, lloraba con desconsuelo.
Tomó la madre la punta de un pañuelo y descubriendo su
diminuto seno, lo impregnó de la blanca acuosidad, que manó
forzada del pequeño y juvenil pezón, y acercó luego
la tela a los minúsculos labios del prematuro.
__ No tiene más de un día __ notó Alfonso, cuya
profesión era la de pediatra.
De repente caí en la cuenta y después de que aquella jovencita
terminase de alimentar a su niño le señalé a mi
amigo diciendo:
__ ¡Doctor! ¡Baby doctor! __ Mi inglés era tan malo
como el de aquellos chicos, pero me entendieron pues ella descubrió
nuevamente al fruto de sus entrañas y extendió sus brazos
poniéndolo a nuestro alcance. Yo me abstuve de tocar tan frágil
ser, y fue Alfonso quien puso sus dedos en varios puntos del delicado
cuerpecito. Les preguntó luego a los padres, con mejor inglés
y ayudado de gestos, si le llevaban a un hospital en Delhi, cosa que
él daba por supuesta, pero no. Iban a casa de la madre de ella
para que les ayudase tras el feliz acontecimiento.
Alfonso les sonrió y se dirigió a mí:
___ Dame las rupias que puedas ___ No tuve que preguntarle para qué
y él hacía lo propio. No sé cuanto reunimos, pero
no era mucho después de un día de compras. Tendió
la mano hacia la chica y metió entre los pliegues de su regazo
el dinero. Ambos habían visto nuestras torpes maniobras en tan
incómodas posiciones, pero sus caras no dejaron por ello de asombrarse.
Le dijo que era un presente nuestro para que llevasen a su bebé
a un médico. Sabíamos que muy posiblemente la cantidad
no alcanzase para mucho, pero sobre todo Alfonso confiaba en el juramento
hipocrático del homólogo que les atendiese. Todos sonreímos
satisfechos: nosotros, los chicos, y el resto de viajeros que habían
observado la escena.
___ Si no lo incuban pronto, el bebé no sobrevivirá ___
Alfonso miraba resignado al techo del vagón y ya no sonreía.
También a mi se me borró la alegría de la cara
pero disimulé delante de tanta dulzura y brillo, en los ojos
de aquellos muchachos que me observaban.
Aprovechando una de las muchas paradas, decidimos cambiar de sitio y
encaramarnos sobre el techo del tren. Como ya sabíamos, no estábamos
solos. Docenas de siluetas humanas se recortaban débilmente en
la noche, sentadas tranquilamente sobre la curvada techumbre de los
vagones. Alfonso y yo aguantábamos el tipo como pudimos agarrados
a una pequeña tronera de ventilación, en medio de la velocidad
y el bamboleo.
___ ¡Esto es alucinanteeeeee! ___ grité volviendo la cara
para evitar el viento y poder hablar. Los puentes venían hacia
nosotros a velocidad endiablada y era imposible calcular si pasaríamos
o no, y aunque confiábamos que nuestros compañeros en
el techo debían conocer el recorrido, cada vez que veíamos
un puente o un túnel nos echábamos boca abajo, sin soltarnos
de la tronera y con los ojos cerrados, para luego volver a sentarnos
y recuperar la estabilidad.
El viaje resultaba lento por las continuas paradas en todas las estaciones.
Hacía muchas horas que no dormíamos pero era imposible
relajarse ni un momento. El tren aminoró la marcha y vimos saltar
a la gente que, como nosotros, ocupaban aquel techo. La altura considerable
que había hasta el suelo, y el convoy todavía en marcha,
convertía el salto en una temeridad, más si cabe, por
la oscuridad reinante. Los que prefirieron descender primero el corto
tramo de escaleras y saltar desde los pescantes, se habían acercado
tanto al andén que allí eran recibidos y perseguidos a
varetazos por los numerosos militares que aguardaban a los intrépidos
viajeros.
Ni Alfonso ni yo nos movimos un milímetro, a pesar de los gritos
del soldado que blandía airadamente el bambú con fiero
gesto. Un chico hindú, que trató de explicarle que a pesar
de nuestra ropa éramos europeos y teníamos billete, se
llevó un varazo en las manos al protegerse el rostro. Mi amigo
me invitó a bajar.
___ Hasta que el tío ese no se calme, yo de aquí no bajo
___ y los dos nos quedamos hasta que, más tranquilo y viendo
los billetes que desde lo alto le habíamos tirado, se arregló
los correajes del uniforme y rindió la delgada vara, que yo no
dejé de vigilar, mientras descendíamos para recibir una
reprimenda que no entendí, ni apenas escuché, pues el
tren nuevamente partió, y como por suerte íbamos en él,
sólo pude ver, en jarras sobre el andén, al malhumorado
hombre, mientras bajaba nuestro ritmo cardíaco y se vaciaban
por completo de adrenalina nuestras sufridas glándulas suprarrenales.
Ya no entramos al vagón. No había manera humana de hacerlo
y el viaje lo acabamos sentados sobre el estribo, fuertemente agarrados,
temiendo que alguien cerrase la puerta, tirándonos al terraplén
de la vía. Aquello fue un calvario de duermevelas y sobresaltos
hasta que finalmente la maquina paró y pude leer en un cartel
nuestra estación de destino.
La multitud que aguardaba se abalanzó sobre nosotros. Los guardias
repartían golpes de caña por doquier y penosamente pudimos
salir de la estación con las primeras luces del alba.
Nueva Delhi, despertaba en el horizonte pardo de sus grandes distancias,
y el calor y la débil luz, volvieron a traer los olores y los
ruidos de una nueva jornada, pero ya no los percibí, pues recostado
en el taxi, camino hacia nuestro hotel, simplemente me dormí
para soñar que viajaba, convencido de que viajar era el sueño
que deseaba.
Juan Manuel Maestre Carbonell